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#CuerposVigilados: El imperio de los padres de familia

Alex M. Azpiri | 23.01.2017
#CuerposVigilados: El imperio de los padres de familia

No soy padre de familia. Al menos eso me he hecho creer. No tuve tamagotchi ni tengo ksi-merito, por lo que no he practicado lo suficiente mi potencial paternidad. He tenido plantas pero, bajo cualquier inspección tutelar ecologista, ya hubiera sido despojado de todos mis derechos como padre si se hubieran enterado de que en el cesto de basura orgánica yacían algunas de ellas, a las que dejé morir por falta de riego, sol y compañía. Seguramente ya alimentaron a algunos gusanos de lata o de composta, pero sus descendientes de tierra no se acuerdan de mí ni osarían llamarme abuelo (ni siquiera abuelo maldito).

 

Desaparecí una parte de mi linaje y está bien. He decidido, hasta ahora, y por múltiples transformaciones y condenas interiorizadas y transvalorizadas, no reproducirme ni tutelar a nada vivo que no sean (otra vez) plantas, para adornar mis libreros, tener tema de conversación y sumarme a las terapias ocupacionales del cuidado y la disciplina. Más o menos he podido sobrevivir en una sociedad pro-progenitista y con-sanguinaria (en todos los sentidos), a subsistir siendo el tío soltero, quedado y perdedor. Porque no soy el único, pero también porque puedo reemplazar las exigencias (ajenas y reapropiadas) de perpetuarme mediante el cuidado de gatos e hijos ajenos.

 

Lo que he aprendido al cuidar a hijos de familia es, entre otras cosas, a memorizar las cartillas de los valores ultra-familiares bajo los cuales someto voluntariamente, a inspección de niños de familia y padres de familia: a mi lenguaje, a mis temas, a mis gestos y a mis pensamientos, para no transgredir bajo ninguna circunstancia ningún código familiar. Los padres de familia han sabido insistirme en que no sé lo que es tener hijos hasta que no los tenga; ergo, que no opine sobre el cuidado de “los niños”. Seguramente no sé lo que es tener hijos hasta que no los tenga ni lo sabré muriendo sin jamás haber conocido esa “gran dicha”; no pasa nada. Nos pasamos la vida no sabiendo qué es el otro y queriendo apropiárnoslo. ¿Debería, por ello, quitarle la libertad a los padres de familia no solteros, no perdedores no quedados y sin plantas de opinar sobre mí? ¿Y a mí el derecho de opinar sobre “los niños”? Tal vez, ¿sí?, en el sentido en que estamos sobresaturados de opiniones y juicios innecesarios sobre la labor, el cuidado y las vidas ajenas; no lo sé.

 

Lo que sí sé, es que en el imperio de los padres de familia estoy en la mazmorra de los impotentes, los infértiles, los maricas, las abortistas, los inadaptados tutelares y lxs felices irreproductores; en una eterna marcha del silencio sobre la infancia, pues parece ser que la infancia es sólo del ámbito familiar, psicopedagógico y mercantil. ¿Aunque haya sido niño otrora? Parece que sí, porque una cartilla militar, una libertad electoral, una psicología escalonada y una neurociencia de la memoria a plazos, me mantienen fijo en mi condición de adulto y, de no ser padre (de familia), psicólogo, pedagogo autorizado, o empresario del multimillonario mercado infantil, no tengo derecho a la empatía o comprensión de las ficciones ultra-reguladas de “la niñez” y “la adolescencia”.

 

Conozco a gente que “odia a los niños”, al menos eso dicen. No los culpo, a eso fuimos educados: a odiarlos, a amaestrarlos, a normalizarlos, a disciplinarlos, a cosificarlos, a idealizarlos, a reprimirlos, a callarlos, a demarcarlos, a pasearlos y a encerrarlos. Todavía recuerdo ser un lastre social, un enfermo en interminables vías de desarrollo, indeterminadamente feliz pero infelizmente sometido a una serie de regulaciones normalizadoras familiares y escolares, retrete enternecedor de todas las frustraciones familiares y experimento psicopedagógico del mercado educativo. Pero no tengo derecho a la empatía de quien atraviesa esos obscuros umbrales; porque no soy padre de familia.

 

¿Me interesa ser parte del proceso educativo y el adiestramiento de los niños, adolescentes y animales? Seguramente sí, supongo que no estoy exento de la la sociopatología de querer perpetuarme y adiestrar y determinar a seres supuestamente más indeterminados que “nosotros” y mediáticamente estupidizados. Pero más allá de esa horrible lucha por apropiarse de todas las infancias, creo que, al igual que los padremadres de familia, siento empatía y miedo, o al menos eso me he hecho creer. A mí también me inspeccionaron, me limitaron, me bullearon, me exprimieron, me sacudieron, me frustraron, me encerraron y me adiestraron; lo normal y, debo admitir, en dosis a veces muy sutiles. No sé si sea suficiente para poder tener, no sólo una ligera opinión, sino una profunda empatía, aunque sea mínimamente sutil.

 

No sé tampoco de qué vaya el afianzamiento de los valores familiares al que, con tanta prontitud, llama las declaraciones presidenciales y gubernamentales a atender, frente a los acontecimientos del miércoles 18 de enero, en el Colegio Americano del Noroeste, en Monterrey. Las únicas revalorizaciones familiares que conozco son las que me han convertido a mí y a muchxs otrxs, en los peores enemigos de los hijos de familia: en sospechosos potenciales pederastas, corruptores de la moral o, simplemente, en extranjeros familiares y, por ende, hemolíticamente peligrosísimos; un frente nacional por la familia interiorizado y anacrónico que quiere rescatar a una institución que, dudo mucho, nuestro devenir histórico y sociopolítico siga manteniendo vigente y rescatable.

 

No sólo las declaraciones que urgen sobre el valor de la familia y las condolencias del “padre de familia” presidencial, nos expulsan de la posibilidad de construir duelos empáticos sino que se amalgaman a las declaraciones y medidas que desvirtúan y simplifican un problema que, seguramente, aunque sumado, excede el ámbito familiar; un anestesiante político en el camino hacia la comprensión de un fenómeno que nos atañe y afecta a padres, madres, solterxs, maricas, abortadoras, ancianos quedados, vestidoras de santos y madres sin familia. Y, quizá, como favor condescendiente y sólo bajo cateo militar de sus mochilas, a niñxs y animales.

 

No sé cuántos padres de familia queden en el mundo y, supongo que los que quedan, subsisten bajo ultra-sofisticados trajes de oxígeno inflamables, al violento calor de las chimeneas hoguereñas. Otros nos atestamos en las mazmorras de lxs irreproductores; otras en el cadalso de las madres solteras y otros en el circo de los padres amorosos. Unos más en las fosas de los cuerpos que no importan y otros tantos en los laboratorios de la industria infantil. No sé cuántas chimeneas queden el mundo pero sé que, las pocas plantas que me quedan, no serán suficientes para salvarnos de la intoxicación del fuego paterno.

 

 

REFERENCIAS:

* Declaraciones Peña y gobernador de Nuevo León: http://www.animalpolitico.com/2017/01/disparos-colegio-monterrey-ninos/

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