youtube pinterest twitter facebook

#CuerposVigilados: Crónica de una selfie

Alex M. Azpiri | 06.02.2017
#CuerposVigilados: Crónica de una selfie

Cuando mi brazo electrónico parpadeó, yo ya no estaba ahí. Ya había sido fototransitado en el espejo negro, trans-figurado en puntos electrónicos y confinado, en situación de reo reencarnado, a mi celda carcelaria. Paciente, esperé a que el algoritmo me geo-desplazara en la pasarela de la vergüenza para someterme al juicio ciudadano y democrático de los presos-verdugos. La esperanza de visibilidad me devolvió la fe religiosa y, aunque hace mucho no rezaba, me descubrí orando por que el señor-algoritmo escuchara las plegarias de mi nueva selfie.

 

Un portal porfiriano detrás de mí anuncia el advenimiento de mi nueva figura en este fondo recreado a partir de todas las arquitecturas hetero-gentrificantes y homo-tópicas, y de los rostros más viralizados en mi pequeña burbuja panóptica; figura encuadrada minuciosamente, y en perspectiva central, para habitar el cuerpo caucásico del reino de las selfies; pigmentocracia emprendedora de filtros predeterminados para participar de la industria de la seducción e inmortalizar mi gesto recolonizador. Soberano sometido voluntariamente al imperio de los rostros que importan.

 

Para no despertar sospechas de una feminidad interiorizada, someto a contraste las líneas de mi rostro, una tecnología de los músculos faciales que supla las exigencias de la virilidad del espejo de los gimnasios: bradpittizar la cabeza y encuadrar la masculinidad, expulsando a la periferia del cuadro toda manifestación minoritaria, reapropiable únicamente mediante la parodia indumentaria de lo femenino; gesto deconstructoramente correcto para no levantar sospechas de una hipermasculinidad anodina y mainstream. Rostros vigilantes por todas partes.

 

La casualidad está echada y solamente puedo construirla, producir el azar practicado durante años en todos los espejos domésticos y electrónicos del mundo. Torsiones del cuello y (des)peinados que oculten la incomodidad nauseabunda de estar-en-el-espacio, miradas que atraviesen el espejo negro y que supriman la soledad. Uno no debe estar solo, ¡uno no puede estar solo! Selfies que no parezcan selfies, selfies asistidas a distancia, selfies que se alejen de los primeros y primerísimos planos de los cuerpos sin rostro. Plano americano, plano europeizado: plano de éxito social.

 

Construyo el desenfado con ayuda de músculos faciales trabajados arduamente en el gimnasio del porno de las selfies; una mueca afrancesada y ligeramente aventurera que me vuelva dueño del momento, para la gestión y el autogobierno de MI cuerpo y MI espacio. Desenfado y rebeldía, grafitis minoritarios que acompañen a este cuerpo explorador en la osadía kitsch de reapropiarse de la miseria y los espacios vírgenes; conquista al óleo electrónico hipervisible que ponga en evidencia mis nuevas posesiones; figura colonizadora de los fondos que no importan.

 

Por una sutil torsión orgánica, transfiero mi potencia genital a la mirada, hipersexualizando todo el espacio, repropiándome de mi cuerpo y auto-gestionando mis libertades y mis sueños de visibilidad. Un gesto que auto-pornifica cada uno de los trazo-pixeles del lienzo de mi nueva figura empoderada. Toda la fascinación y envidia producidas, todo el desenfado, toda la casualidad, toda mi masculinidad, toda mi osadía, toda mi rostrificación: en este espacio de la representación (espacio de la seducción), devengo la mercancía de mi propio empoderamiento.

 

Cuando mi brazo electrónico parpadeó, yo ya no estaba ahí. Ya había sido fototraficado en el mercado de los cuerpos con rostro, transfigurado en ciudadano del mundo y confinado, en situación de mercancía, a mi celda publicitaria. Impaciente, esperé a que el algoritmo posicionara mi marca en los rótulos luminosos para ser ofertado en el mercado ciudadano y democrático de los libres, ciudadanos y democráticos consumidores. La esperanza de visibilidad me devolvió la fe en mi cuerpo y, aunque hace mucho no lo usaba, me descubrí orando por que Jesucristo blanco, heterosexual y redentor, lo empoderara.

 

En la espera: el interrogatorio. La pregunta que interroga por el sentido del ser, por la copia, por el simulacro, por la representación, ¡por la vida!: “¿Quieres etiquetarte?”, y después: ¿quién soy? Un desgarre momentáneo del que los detectives de la red, en su estadio del espejo criminológico de reconocimiento facial, me ofrecen la posibilidad de construir mi identidad mediante el título de mi gran obra: “éste soy yo”. Y después, “éste quiero ser yo”, tan desenfadado, tan masculino, tan aventurero, tan casual. Me desdoblo para aspirarme a mí mismo y someterme a mi propio régimen corporal. Los dioses se han ido; sólo quedo yo etiquetado en mi selfie.

 

Al final, los aplausos y los agradecimientos. Aprobación cuantificada por el número de likes y empoderamiento cualificado por la validación de los apóstoles de Cristo-blanco. Los reflectores han democratizado mi cuerpo: ¡Dios no ha muerto! El éxito se va diseminando lo que dura mi inmortalidad en la instantaneidad y, antes de prepararme para la próxima aventura por la cual me siga superando a mí mismo, leo entre líneas pequeñas, detrás de los corazones que rodean mi nuevo rostro, un mensaje empresarial de los socios de Mark Zuckerberg que dice: gracias por empoderarte.

Más de este autor