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La máquina eterna de Piglia

Mariano Hernández García | 01.02.2017
La máquina eterna de Piglia

Ricardo Piglia, escritor argentino, murió el pasado 6 de enero. Referente de la literatura latinoamericana y universal toda, crítico y profesor, novelista y guionista de cine, conversador conspicuo; narrador sería tal vez la mejor palabra para describirlo. El 3 de diciembre de 2014, en la fil de Guadalajara, en una mesa junto a los también escritores Juan Villoro, Martín Caparrós y Martín Kohan, Piglia presentaría su Antología personal; sin embargo, su participación fue cancelada por problemas de salud. Había sido diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ela), enfermedad degenerativa que finalmente acabó con su vida.

Ciertas constantes ineludibles sobresalen cuando leemos a Piglia: una reflexión sobre la literatura, una imbricación entre ficción y realidad, un proyecto estético donde lo social nunca queda de lado. En la disyuntiva acerca de ajustarse a una industria cultural que suele favorecer un tipo de literatura muchas veces trivial y fácil de vender, o resignarse a no poder llegar a un vasto público de lectores, Piglia opta por escribir una narrativa de enorme calidad, con formas y géneros considerados populares: el policial o la ciencia ficción, por ejemplo. Así, publicada en 1992, La ciudad ausente, una de sus novelas más emblemáticas y aplaudidas, puede ser leída como una ficción distópica en la que nos adentramos de lleno en una urbe totalitaria y asfixiante, un espacio opresivo para habitar y errático para recorrer. En esta ciudad, que se corresponde abierta y nominalmente con Buenos Aires, el foco de resistencia lo representa una máquina que tiene instalada el alma de una mujer muerta, y cuya función exclusiva y determinante es la de producir relatos. Relatos que se dilatan y se esparcen, que se modifican y se expanden. La metrópoli se vuelve entonces un campo de batalla donde se ven enfrentados los relatos de la máquina y el que oficialmente pretende instaurarse. Para un poder que se erige como dueño y único constructor de verdades, las narraciones de la máquina se vuelven inquietantes, su mera existencia es ya un peligro, al exhibir que hay otra forma de conducta además de la regulada. Su control se vuelve impracticable cuando los relatos se integran incluso a los recuerdos personales de los habitantes de la ciudad. De este modo, la máquina se constituye como el punto de inflexión que desembocará en una multiplicidad de voces: cada personaje es capaz de apropiarse y modificar los relatos. Los ciudadanos pueden narrarse a sí mismos.

Los críticos de la posmodernidad nos han advertido una y otra vez sobre los riesgos que implican las nuevas tecnologías: destinadas a acercarnos más suelen conducirnos hacia lo inverso, hacia el individualismo, la incomunicación. Parece que no podemos sino darles la razón cuando cada uno de nosotros luce atrapado hipnóticamente en las pantallas. Un tiempo en el que los bots pueden decidir elecciones. De ahí que no deje de resultar sugestivo que en la ficción ideada por Piglia sea una máquina la productora de relatos. En La ciudad ausente prevalece una reivindicación de la mecanización como un proceso que en efecto puede sustituir una labor en principio inherentemente humana como es la de contar historias, y que no obstante hoy en día parece menguar. Italo Calvino, en una conferencia dictada en 1967, hablaba ya de la perspectiva de un artefacto que hiciera uso de la combinatoria para crear relatos literarios a partir de la permutación de los elementos y funciones propios del lenguaje, un dispositivo que pudiera aprender por sí mismo hasta que sus elaboraciones produjeran significados no esperados. En La ciudad ausente esta concepción se tematiza, y tal vez no sea una idea tan remota y descabellada en nuestra realidad si pensamos en la rapidez con la que se desarrolla la inteligencia artificial. A pesar de todo esto, la máquina literaria que nos presenta Piglia no simboliza una entidad monológica y privativa, no es ella la propietaria de los relatos. La tecnología se convierte entonces en un medio, en un recurso, que permite socializar las narraciones. Al fin y al cabo, la constitución del sentido estará siempre del lado de los receptores, de los ciudadanos, de los personajes-lectores que transfiguran y expanden las posibilidades interpretativas de dichos relatos.

Quizá la imagen más extendida concerniente a la esclerosis es la del físico Stephen Hawking, casi por completo inmóvil, en una silla de ruedas automatizada, con aquella voz artificial y robótica. De manera similar, con la ayuda de una computadora para comunicarse, Piglia trabajó tenazmente los últimos años en la corrección y organización de sus diarios; dos de tres tomos han sido publicados ya, y se esperaba que en este 2017 estuviera listo el restante. En alguna entrevista, Piglia dijo que la literatura y la vida no son muy distintas: “Uno enfrenta las mismas cuestiones en los dos lados”. Podríamos pensar ahora en una especie de paralelismo enigmático entre la máquina generadora de relatos en su novela y la relación misma que Piglia tuvo la última etapa de su vida con los dispositivos electrónicos que lo ayudaron a continuar con su proyecto literario. Esta suerte de transmutación de cuerpo orgánico a máquina en la ficción se repite, un tanto figuradamente, en su historia personal. Una confluencia como las que le gustaba rastrear entre los grandes textos de la literatura y la vida misma. Tras su muerte, permanece su obra: una máquina eterna de producir relatos. Y al igual que en La ciudad ausente, no nos queda sino apropiarnos de ellos, incorporarlos a nuestra existencia, construir su sentido. Leer como si cada frase nos estuviera dirigida personalmente y transformar los relatos de Piglia en nuevos relatos, los nuestros propios.  ~

 

 

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MARIANO HERNÁNDEZ GARCÍA estudió Literatura y Matemáticas en la UNAM, y es maestro en Letras por la misma institución. Se dedica a la investigación sobre Literatura Latinoamericana; le interesan, en especial, las relaciones entre literatura y sociedad.