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#CuerposVigilados: Fharenheit 90210

Alex M. Azpiri | 13.02.2017
#CuerposVigilados: Fharenheit 90210

 La última vez que leí un libro, estaba en un café, no como quien se sienta a admirar los astros ni como quien se dispone a deshacerse y reconstruirse en la lectura, sino como quien se empeña en desesperar al tiempo, deconstruir su cartera y rehacer su clase social; a pasar las páginas unas tras otras como quien se somete a consumir discursos y anquilosarse en poses incómodas de pensadores imposibles. Usaba un separador de la librería amarilla cuya función política desbordaba la operación administrativa de pausar y reiniciar la lectura y que, más bien, por gracia de una consigna publicitaria “pro-lectura”, re-asignaba mi posición en la pirámide de las letras y legitimaba cualquier acto de discriminación en las palabras.

 

El café orgánico se enfriaba rápidamente y, como neo-hacendado de los nuevos cafetales transnacionales, pedí al empleado que me lo recalentara para poder seguir “leyendo”. Siempre he querido forzarme a pensar en la neutralidad de leer en un café, como un despliegue “natural” del dispositivo del libro cuya ejecución o actualización no implica ninguna postura política. Quizá porque siempre he querido ensoñar el acto de la lectura y los libros de papel, como espacios neutros de contención de ideas, como líneas de fuga rebeldes o como espacios de resistencia, libres de consignas y opresiones. Pensar así me permite, no sólo evitarme la molestia de cuestionar mis privilegios, sino ocultar las operaciones por medio de las cuales los pongo en circulación.

 

No sé cuánto tiempo llevo mintiendo que leo. Supongo que desde que descubrí las propiedades musculares de sostener un bloque de papel a 30 centímetros de mi vista y violentar la mirada a la atención minuciosa de caracteres diminutos, torsión cultural que mi cuerpo ha naturalizado hasta que los límites anatómicos de evidencia empírica inmediata lo contrarían: cuando intento, por ejemplo, dar fe de “mi” pasión por la lectura y mi amor por la naturaleza, recostado bocabajo en un bloque de pasto decimonónico, casi al punto de ser retratado por algún pintor neo-impresionista, la única fe que da mi cuerpo es la de la imposibilidad de ser natural y de ser un apasionado de la lectura y que, revela, más bien, mi urgencia por ser retratado leyendo.

 

El tiempo pasaba y los sorbos a mi café recalentado suplían intermitentemente el ejercicio violento de mantener fija la mirada en esos trozos de tinta vomitada, extendiendo así las posibilidades de intelectualizar mi cuerpo mediante la exposición pública de mis papilas gustativas: “un buen libro y un buen café” y, próximamente, “un buen cigarro”. Toda una puesta en escena para, más que leer, ser leído como ferviente lector empedernido. El vapor del café buscaba escaparse pero mi rostro endurecido lo retenía para esculpir un aura en torno a mi cuerpo sometido a la lectura; para agregar valor a mi consumo literario, ocultar la transacción de mercancías editoriales y elevarme al reino de la pureza de las letras; una extensión del aura de los libreros domésticos que, por medio de la posesión de bienes culturales, ostenta sabiduría.

 

No sé cuándo empecé a trastornarme de ansiedad por la lectura. Supongo que desde que leer dejó de ser un acto libertario y se convirtió en la constatación de un empoderamiento jerárquico. Cuando las “propiedades mágicas” de los libros evidenciaron las múltiples máquinas de guerra difumigadas en los espacios de sociabilidad hiper-letrada. Cuando escuché por vez primera decir que “los chavos no leen”, método ruin de justificación de clase que más bien, susurra, entre bozales de “buen lector”: “no quiero que los chavos lean; déjenme aquí”. O fue quizá cuando escuché acallar la opinión de quien “aún no” había leído la palabra revelada de cierta eminencia del pensamiento humano y a quien, bajo la fórmula de la consigna autoritaria, se le mandó a leer. O fueron los intentos por deslegitimar a un presidente (completamente deslegitimable), pero por las razones menos deslegitimadoras: la celebración pública del clasismo letrado. O fue la primera vez que recomendé un libro y entendí que la recomendación supone, más la insignia de la posesión del conocimiento adquirido en la lectura, que el goce de compartir. O fue cuando escuché decir a un amigo que no salía con alguien porque “no leía” o porque no tenía libros en su casa. O tal vez todo empezó simplemente con los cyborgs de las múltiples citas textuales y los hipervínculos masturbatorios de “la tradición” literaria. No lo sé. O no he leído el libro que legitime mi malestar.

 

Por un lado, sigue la palabra de Dios ocultándose en los caracteres de los libros que me esperan en mi ascenso al cielo y, por el otro, los mesías revelados que me dicen hasta dónde puede mi carrera literaria permitirme pensar, expresarme o caminar. Mientras tanto, huyo de los cafés cargando el peso del conocimiento al hombro, dejando un rastro de mi aura letrada en los asientos y, bajo el brazo, un mamotreto que me identifique entre los míos y que me haga especial. Y una lupa incorporada a mi retina que me permita leer los efectos secundarios de mis antidepresivos, para cubrir la cuota de lectura perdida por rehacer mi clase en el café.

 

* Ilustración: detalle de un afiche de Koloman Moser.

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