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#Ayuujk: La Casa Blanca, el castellano y las lenguas sin Estado

Yásnaya Aguilar | 27.02.2017
#Ayuujk: La Casa Blanca, el castellano y las lenguas sin Estado

Una de las primeras consecuencias de la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos fue la desaparición de la versión en castellano de la página electrónica de la Casa Blanca. Era previsible, las posturas e ideas promovidas por Trump forman parte también de los supuestos sobre los que descansa el movimiento English-Only (Sólo inglés); ya en 2015, Donald Trump había criticado a Jeb Bush por hablar en español diciendo que debería hablar inglés mientras estuviera en Estados Unidos. Al igual que en México, la legislación de ese país evidencia que no cuenta con ninguna lengua que tenga el rango de lengua oficial. En 1983, se fundó la organización U.S. English cuyo principal objetivo era promover una agenda legislativa que tuviera como objetivo declarar el inglés como la lengua oficial del país. El propio Theodore Rooselvet, hace más de un siglo, escribió que la única lengua de su país debería ser el inglés. Todo esto es bastante congruente con la tendencia de los estados-nación a reivindicar generalmente el uso de una sola lengua.

Las reacciones en México fueron, con razón, de mucha molestia, pero una entre ellas me pareció peculiar: la Academia Mexicana de la Lengua declaró que la omisión de la versión castellana de la página de la Casa Blanca significaba una agresión a la población hispanoparlante en Estados Unidos: “Silenciar el español en las comunicaciones oficiales de aquella nación representa un acto discriminatorio contra los millones de hispanoparlantes y en particular contra los millones de mexicanos que viven al otro lado de nuestra frontera”, declararon. Estoy totalmente de acuerdo; lo que me pareció curioso, por decir lo menos, es que esta declaración proviniera de la Academia Mexicana de la Lengua, cuyo director, Jaime Labastida, es un entusiasta de la idea de declarar el castellano como lengua oficial de México con todos los efectos que tendría sobre las lenguas indígenas y los derechos de sus hablantes.

De algún modo, dos movimientos promotores de la oficialización de las lenguas dominantes en sus países (el movimiento English-Only en Estados Unidos y el que encabeza el director de la Academia Mexicana de la Lengua) chocaron haciendo evidente que lo lingüístico es político. La vitalidad de las lenguas del mundo y los prejuicios que tenemos con respecto de ellas se encuentra relacionado con el estatus que les dan los Estados del mundo. Si bien el español es la lengua que utilizan varios países, en Estados Unidos se trata de una lengua sin Estado, lo que reproduce, para sus hablantes, muchas de las situaciones de discriminación que sufren los hablantes de las lenguas sin Estado en México: las lenguas indígenas.

Conversando con la escritora Cristina Rivera Garza que vive en Estados Unidos desde hace varios años y que, en un contexto como el actual, ha abierto un doctorado en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Houston, me di cuenta de que muchas de las presiones, angustias y violaciones de derechos lingüísticos que sufren los hispanohablantes en Estados Unidos se parecen demasiado a las que los hablantes de lenguas indígenas hemos sufrido en este país. Si definimos una lengua indígena como aquella lengua que no cuenta con el respaldo de un aparato estatal y que incluso es combatida por el mismo, el castellano en Estados Unidos se convierte, al menos parcialmente, en una lengua sin Estado. No basta el número de hablantes de una lengua para garantizar que los derechos lingüísticos de sus hablantes sean respetados. Claramente no podemos hablar de lenguas minoritarias sino de lenguas minorizadas. Así, el hecho de que el castellano cuente con millones y millones de hablantes en s Unidos y en el mundo no impidió de que se trate como lengua minorizada, como lengua que ha sido borrada del sitio principal del gobierno estadounidense.

Los gritos de “estamos en América y aquí se habla inglés” que han recibido muchas veces los hispanohablantes en el país del norte, encontrarán respaldo, lamentablemente, en la Casa Blanca de Trump. El hecho de que el español tenga una gran presencia en Estados Unidos es algo innegable y que no puede ser borrado a fuerza de mandatos presidenciales, pero es verdad que a la lista de agravios que ya sufren los migrantes se agregará el de la violación de sus derechos lingüísticos de manera más abierta.

Esperemos al menos, con un optimismo un poco ingenuo, que ninguno de los dos movimientos logre su cometido, que el Estado ahora dirigido por Donald Trump no declare el inglés como lengua oficial de Estados Unidos con todas las consecuencias legales que eso tendría y, del mismo modo, que Jaime Labastida no logre el objetivo de hacer lo propio con el castellano aquí en México.

 

 * Imagen: fragmento del Lienzo de Tlaxcala.

 

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