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Transgresiones a la democracia: Redes sociales y violencia

 José Fernández Santillán | 01.03.2017
Transgresiones a la democracia: Redes sociales y violencia

Presentación

El abanico de delitos que se registran a diario en el país es, de verdad, muy amplio: asesinatos, asaltos a mano armada, secuestros, extorsiones, narcotráfico, violaciones, daño en propiedad ajena, etcétera. Los medios de comunicación no se dan abasto para dar cuenta de las faltas a la ley que cotidianamente se registran en distintos puntos de la geografía de la nación. A esto debemos añadir que muchas de estas faltas no son denunciadas. Los mexicanos nos hemos hecho a la idea de que ir al Ministerio Público es una pérdida de tiempo: tras sufrir el agravio todavía tenemos que ir a levantar el acta. ¿Para qué? Si los delincuentes no van a ser detenidos y, de todos modos, se van a salir con la suya. La impunidad es el signo dominante de un sistema de justicia ineficaz.

La cuestión no queda ahí. Sabemos de la presencia de una violencia que no es tan detectable en los registros oficiales —está más a ras de suelo. Tampoco se denuncia; se localiza más en lo que podríamos llamar “las brasas que se esconden en el interior de la fogata”. Me refiero a la violencia intrafamiliar, el hostigamiento en las escuelas (bullying), los malos tratos en las oficinas, los roces callejeros, los incidentes automovilísticos, los conflictos entre vecinos, el acoso sexual, y temas de esta índole.

La violencia, en sus distintas modalidades, parece ganarle terreno a la civilidad. Si la tendencia es ésa, vamos camino a la descripción que Thomas Hobbes hizo de la anarquía: en ella hay “un miedo continuo, y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve”.1

 

Un nuevo tipo de violencia

Es sintomático el surgimiento de casos que no se habían registrado antes en nuestra sociedad, como lo ocurrido el 18 de enero en el Colegio Americano del Noreste, en Monterrey, donde el menor de edad Federico Fernando Guevara Elizondo disparó un arma de fuego contra tres de sus compañeros de clase y su maestra para luego quitarse la vida. El vocero de seguridad de Nuevo León, Aldo Fasci, declaró: “Estamos consternados, es una situación inédita, es producto de la situación que se vive en todas partes, los niños tienen acceso a internet y no tenemos otra cosa más que lamentarnos”. El señor Fasci también dijo a la prensa que en el video al que tuvo acceso “se observa el momento de la agresión a la profesora y a uno de sus compañeros y, posteriormente, se ve cómo [Federico] se queda unos minutos parado apuntando a sus compañeros, momentos antes de dispararse”.2

El comentario que de inmediato se propaló fue que, hasta ese momento, la epidemia que se había registrado en Estados Unidos de las balaceras en las escuelas y universidades no había saltado la frontera. Esto en referencia a lo ocurrido en lugares como la preparatoria Columbine, en el estado de Colorado, donde el 20 de abril de 1999, Eric Harris y Dylan Klebold asesinaron a 13 personas (12 estudiantes y un profesor) e hirieron a 24 más; el Tecnológico de Virginia, cuando el 16 de abril de 2007, Seung-Hui Cho mató a 32 personas, entre estudiantes y profesores, e hirió a 17 más, en dos ataques por separado, para luego suicidarse; la Universidad del Norte de Illinois, cuando el 14 de febrero de 2008, Steven Kazmierczak disparó en un salón de clases, mató a cinco estudiantes y dejó heridos a 21 más antes de suicidarse; la escuela primaria Sandy Hook, donde el 14 de diciembre de 2012, el joven Adam Lanza mató a 20 niños cuyas edades fluctuaban entre los seis y los siete años de edad, y también asesinó a seis adultos. Antes de perpetrar estos asesinatos, Lanza había matado a su propia madre en su casa; el colegio comunitario Umpqua, ubicado en Roseburg, Oregon, donde el 1 de octubre de 2015, Christopher Harper-Mercer abrió fuego indiscriminadamente matando a ocho estudiantes y a un profesor, y dejando heridos a nueve estudiantes más, para después quitarse la vida.

El patrón de comportamiento es el mismo: el escenario es una escuela, las víctimas son compañeros de ésta, incluso del mismo salón, y el profesor en turno o los profesores que circulan alrededor. Después de agredir con arma de fuego, el atacante se quita la vida.

Ciertamente, los fenómenos sociales tienen muchas causas y muchas explicaciones.3 No obstante, algunos de ellos obedecen a diseños de actuación que tienden a imitarse y multiplicarse. Como si obedeciesen al “efecto dominó” a como si “alguien tirase una piedra en aguas mansas”: hay una onda expansiva. Es lo que el sociólogo Malcolm Galdwell nombró tipping point o punto clave, cuando en un santiamén un hecho se vuelve viral. Algunas personas empiezan a emularlo. Eso es lo que sucede con los ataques a las escuelas que hasta ahora no se habían visto en México.

Como dijo Aldo Fasci, hay un acceso indiscriminado a internet, y allí se presenta el comportamiento imitativo y viral. Efectivamente, en la red circula de todo. Después se supo que Federico Guevara había frecuentado el grupo llamado “Legión Holk”. Al parecer, dejó el día anterior de la balacera un mensaje en Facebook: “no pido naiks [que significa likes] solamente que dejen su Ward [comentar un post y esperar el desenlace del mismo] porque mañana haré una masacre en mi colegio”.4 Según la información que circuló, Federico padecía depresión nerviosa.

Lo que llama la atención y preocupa es que en Twitter se comenzó a hacer morbosamente viral el hecho ocurrido en el colegio en cuestión con el hashtag #MásMasacresEnMéxico. Incluso, alguien subió a la red fotografías y grabaciones de los hechos, que también circularon profusamente. Este tipo de comportamiento debe hacernos reflexionar como sociedad: ¿qué lugar le estamos dando a la ética pública?, ¿a los valores que debemos hacer prevalecer para impulsar la convivencia civilizada?

El caso de Federico Guevara abre un nuevo desafío acerca de la violencia que no había estado presente o que, por lo menos, no se había manifestado con toda su crudeza. Involucra tanto el tema de las redes sociales como el de la integración de la familia; el de la vinculación entre la familia y las instituciones educativas; el de la imitación de comportamientos probablemente adquiridos en la red como el de su secuela en niños y jóvenes.

Si pensábamos que al llegar a la casa estábamos seguros junto con nuestras familias, habría que añadir la salvedad de que ahora el hogar se ha vuelto también un lugar vulnerable en vista de que está al alcance de los distintos grupos violentos que navegan en el ciberespacio. Tales grupos son un atractivo o una curiosidad para niños y jóvenes; se presentan como una novedad y como un desafío: un territorio en el que supuestas aventuras pueden ser emprendidas.

El problema es que el paso del mundo virtual al mundo real es muy corto y puede terminar en tragedia.

Como era lógico, el Programa Mochila Segura se reforzó luego de lo ocurrido en esa escuela privada de Monterrey: “A raíz de los acontecimientos de los últimos días en Nuevo León, el presidente Enrique Peña Nieto instruyó tanto al secretario de Gobernación como al secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, a que intensificáramos este programa nacional de convivencia escolar, a que trabajáramos más de cerca con los padres de familia”, dijo Javier Treviño, subsecretario de educación básica de la Secretaría de Educación Pública.5

Ciertamente, es imperativo mantener y reforzar ese tipo de programa y fortalecer la relación entre los padres de familia y los maestros. Lo que sería más difícil es echar a andar un programa que pudiera llamarse “Computadora Segura”. ¿Cómo controlar a qué acceden nuestros hijos en internet, qué sitios visitan, qué páginas les recomiendan sus compañeros o amigos virtuales? Simplemente es imposible.

Y aquí no se trata de lanzar una moralina, sino de entender que se está abriendo un flanco tecnológico en el área de la comunicación —especialmente en internet— que hay que tomar en cuenta, entender e interpretar. Están fuera de discusión los beneficios que ha traído ese avance tecnológico para las personas, el desarrollo educativo, económico, las inversiones, etcétera. Lo que está a discusión son esos sitios en los que se hace apología de la violencia, es más, en los que se incita a cometer actos delictivos y masacres. En ellos también se promueve la trata de personas o se engaña a los usuarios haciéndoles ver que pueden conseguir empleos cuando en realidad se trata de otra cosa; del reclutamiento que hacen bandas delictivas.

Kelly Hignett, especialista en Crimen Organizado Transnacional, explica la conexión entre el desarrollo tecnológico y la delincuencia en los siguientes términos:

Las comunicaciones que cruzan las fronteras también han sufrido un cambio radical, animadas por el incremento de las telecomunicaciones móviles e internet con más de mil millones y medio de usuarios de la red en 233 naciones registradas en 2009. Este fenómeno proporciona un acceso instantáneo a los contactos entre las personas en todo el mundo, mediante una enorme variedad de expresiones digitales y medios de comunicación. Esto quiere decir que una gran cantidad de dinero se puede transferir fácil e instantáneamente de un punto a otro del globo terráqueo. Estos avances también han sido aprovechados por el bajo mundo global con operaciones prepagadas anónimas en teléfonos celulares por miembros de los cárteles. El crecimiento de redes sociales en internet con alcance global hace hablar ya de “redes virtuales del crimen organizado” que han formado sus propios comercios y banca electrónicos, utilizados para: lavar dinero, cometer fraudes, robos de identidad y cometer extorsiones vía internet. En tanto que la tecnología ha abierto nuevos mercados para el crimen organizado, la tecnología también puede actuar como una “fuerza multiplicadora” para posibilitar la expansión y mayor desarrollo de los campos en los que ya actúa el crimen organizado.6

 

Saqueos y motines

Pensemos en lo que ocurrió a raíz del “gasolinazo” y las protestas a las que dio lugar. Con justa razón, las personas se enojaron por el incremento en el costo de los combustibles; con toda justificación hubo expresiones de irritación y manifestaciones pacíficas de protesta en muchas partes del país. Pero también hubo “mano negra”; o sea, incitación a la violencia desde las redes sociales: rapiña, motines y saqueos.

Los estados a los que se llamó a la protesta fueron: Baja California, Baja California Sur, Estado de México, Veracruz, Hidalgo, Michoacán, Zacatecas, Aguascalientes, Guerrero, Oaxaca, Campeche, Yucatán, Sonora, Tamaulipas, San Luis Potosí, Querétaro, Quintana Roo, Jalisco, Nuevo León, Chiapas y Ciudad de México. Y hasta allí no hubo nada de malo. Pero las entidades que se vieron afectadas por los saqueos fueron: Veracruz, Hidalgo, Estado de México y la Ciudad de México.

El sitio Lo Que Sigue (@LoQueSigue), que analiza el comportamiento de las redes sociales y de internet, declaró que el día de los motines “desde temprano, cientos de cuentas de bots y trolls de la llamada ‘Secta Científica’ lograron posicionar el trending topic #SaqueaUnWalmart desde ubicaciones fuera del país”.7 La labor de estos sitios fue difundir imágenes de Turquía e Irak y decir que esto ocurría en Naucalpan. El propósito era crear una psicosis colectiva. El sitio mencionado ubicó mil 501 mensajes de Twitter que invitaban a la protesta y a saquear las tiendas Walmart.

Es importante añadir la afirmación del sitio de referencia: “Este grupo nuevo viene a desplazar a la llamada ‘Legión Holk’ en su poder y alcance, puesto que logró posicionar la tendencia y probablemente personas actuaron ante ese llamado… ¿Quién está detrás de estos trending topics coordinados? ¿Quién pude coordinar un grupo así y mantenerlo activo durante cuatro horas que duró como tendencia?”.8

El presidente de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México (Canaco) calculó en 52 millones de pesos las pérdidas económicas por el cierre de 20 mil tiendas de conveniencia, centros comerciales y pequeños negocios. Esto como consecuencia de los robos y los falsos rumores de ataques a la población difundidos a través de las redes sociales durante la etapa más álgida de los disturbios en razón del llamado “gasolinazo”.9 Hiram Almeida, jefe de la Policía capitalina, señaló que se detectaron 205 cuentas falsas, así como mil 500 videos, fotografías e información, todo ello apócrifo, para incitar a cometer actos vandálicos. El blanco de ataque fueron, precisamente, esas tiendas de conveniencia, centros comerciales, tiendas departamentales. Además de Walmart, hubo otras empresas afectadas como Soriana, Comercial Mexicana, Coppel y Oxxo. En la Ciudad de México se registraron 33 saqueos; entre el 1 y el 5 de enero hubo 113 detenidos. En el Estado de México fueron detenidas 430 personas, entre ellas cinco policías que fueron captados por cámaras al momento de guardar en sus patrullas mercancía robada.

El subsecretario de Gobierno de la Secretaría de Gobernación, René Juárez, explicó que lo sucedido fueron “actos al margen de la ley, que nada tienen que ver con una manifestación pacífica ni con el derecho a la libre expresión que tienen todos los mexicanos”.10

Es curioso y no carente de significado que la mercancía más codiciada durante los saqueos no fueran víveres o artículos de primera necesidad, sino pantallas de plasma y reproductores de dvd. Todo un reto para la interpretación sociológica. ¿Cuál es la mentalidad y la aspiración de los vándalos?

Viene a la mente la pregunta lanzada por Federico Reyes Heroles en su artículo “¿Con quién es el enojo?”, publicado en Este País,11 donde comienza diciendo: “El malestar es generalizado y tiene varios orígenes”. Primero se refiere a los muertos por causa de la guerra contra el narco. Pero —señala Federico— hay una contradicción: “México sigue siendo uno de los tres países más satisfechos con la vida; declaramos ser felices, pero un enojo muy denso, irrespirable, nos asfixia. ¿Por fin?”. Acaso la causa del enojo podría ser la inseguridad: “En un corte reciente, alrededor del 70% de la población se siente insegura. La percepción cambia por regiones y por ciudades, pero incluso en las ciudades seguras o muy seguras como Mérida, la inquietud está allí”.

Causa del malestar también podrían ser la corrupción y la impunidad: a diferencia del pasado, cuando la corrupción se veía como algo normal e incluso funcional para la economía, hoy es vista como un problema a resolver. Ciertamente, se ha creado una normatividad y una estructura institucional muy importante —IFAI, INAI, Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) con fiscalía especializada. No obstante, como bien dice Reyes Heroles “el desfile de corruptelas no cesa. A quién creerle, a las transformaciones institucionales, con toda la lejanía que ellas implican para los ciudadanos, o a las escenas de gobernadores cínicos que desvían y acaparan miles de millones. ¿Enojo? Por supuesto”. Luego, Federico precisa el blanco de la indignación:

 

¿Con quién es el enojo o, mejor, los enojos? Lo primero es distinguir en el enjambre. Son muchos y variados. El enojo es con el presidente Enrique Peña Nieto, sí. No importa demasiado, ha ocurrido con otros presidentes y el país ha seguido adelante. ¿El enojo es con el PRI o con todos los partidos políticos? Las cifras demuestran lo segundo. Irrita el desfile sin fin de desfiguros de los que debieran ser “dirigentes sociales”. El enojo es también con nuestros “representantes” electos por voto, sus despilfarros, sus incongruencias sublevan. El enojo es entonces con la clase política, como la describiera Gaetano Mosca: gobierno, partidos, empresarios, Iglesia, alta burocracia. Pues sí. Los mexicanos estamos disgustados con los mexicanos… el país que nos hemos dado a nosotros mismos no nos agrada, nos molesta… Qué razón tiene Octavio Paz en pleno siglo XXI: “Un mexicano es un problema siempre, para otro mexicano y para sí mismo”.

 

Este ensayo de Federico, publicado en el número de diciembre de 2016, se concatenó —por obra del destino— con los saqueos ocurridos entre el 1 y el 5 de enero de 2017. Como quedó demostrado, esos actos vandálicos fueron azuzados y coordinados desde las redes sociales; pero no podrían haber ocurrido si no hubiese habido “una masa crítica” o “un caldo de cultivo”, es decir, grupos sociales dispuestos a salir y cometer esos actos de pillaje. En efecto, apenas se les dio la señal, salieron en tropel prestos a entrar a las tiendas, negocios, almacenes y plazas para llevarse los artículos de su preferencia sin desembolsar un centavo. Protegidos por el poder de la estampida junto con la ausencia de efectivos de seguridad y animados por —supongo— el enojo contra el gasolinazo y el resentimiento acumulado por los agravios comentados por Federico en su artículo.

El problema es que el enfado de un mexicano contra otro mexicano habla de un México incivil, dispuesto a violar la ley a la menor provocación. Es a lo que le están apostando, precisamente, los grupos violentos que ahora también operan en las redes sociales.

Con el propósito de clarificar el dilema que enfrentamos recurro a la distinción entre la “violencia” pura y dura y el “poder político”, distinción que en alemán es aún más drástica: macht (fuerza bruta) y herrschaft (poder autorizado). Uno excluye al otro. En consecuencia, al instituirse el Estado como único poder autorizado para ejercer la fuerza legítima, cualquier uso de la violencia privada queda excluido; cae en la ilegalidad. Ésa es la única manera de salir de “la guerra de todos contra todos”. Como dice Max Weber, la formación del Estado moderno comienza cuando son derrotados los muchos “titulares privados” de la violencia con el propósito de establecer el monopolio de la fuerza física legítima cuyo único titular es el Estado.

Ésta es la respuesta jurídico-política que ha estado presente desde los albores de la época moderna para hacer frente a la anarquía; pero ahora esa respuesta debe ser complementada con el respaldo social, con la adhesión más comprometida de los individuos al pacto social y a las instituciones.

Convengamos en que hoy los mexicanos atravesamos una situación, efectivamente, de mayor complejidad en las expresiones de la violencia porque experimentamos una condición de confrontación interna por múltiples razones: surgimiento de formas inéditas de descomposición social, aunado a temas recurrentes como el narcotráfico, la inseguridad, la corrupción, la impunidad, el descontento con nuestra clase política.

Se trata de un desafío in crescendo contra el Estado nacional, los niños, los jóvenes, los ciudadanos y la sociedad mexicana en su conjunto.

Ciertamente, revertir un proceso tan complejo es difícil, pero a la vez impostergable. El descontento existe sobre todo después del aumento del precio de las gasolinas. La libre manifestación de las ideas es una de las conquistas más valiosas de la democracia liberal; pero esa manifestación debe inscribirse en el marco de la ley, no fuera de ese marco, mucho menos tratar de alterar el orden público, como se hizo con los saqueos y actos vandálicos a principios de este año.

Jamás será una opción viable que la ley de la selva sustituya a la ley civil.

Queda la gran incógnita de cómo resolver ese gran dilema planteado por Octavio Paz acerca de que “un mexicano es un problema siempre, para otro mexicano y para sí mismo”. Lo único que se me ocurre es revertir ese antagonismo mediante lo que aconsejó Baruch Spinoza en el parágrafo 13 del capítulo II de su Tratado Político: “Si dos se ponen mutuamente de acuerdo y unen sus fuerzas, tienen más poder juntos y, por tanto, tienen más derecho sobre la naturaleza que cada uno por sí solo. Y cuantos más sean los que estrechen así sus vínculos, más derecho tendrán todos unidos”.12 Así es, justamente, como se construye o reconstruye el poder civil. EstePaís

 

NOTAS

1 Thomas Hobbes, Leviatán, Editora Nacional, Madrid, 1983, p. 224.

2 Impacto.mx, miércoles 18 de enero de 2017.

3 Malcom Galdwell, The Tipping Point: How Little Things Can Make a Big Difference, Little, Brown and Company, Nueva York, 2002.

4 Berenice Rojas, Masnoticias.net, 18 de enero de 2017.

5 Josué González, “Nuevo León refuerza el programa ‘Mochila Segura’”, Televisa.News, s/f.

6 Kelly Hignett, “Transnational organized crime and the global village”, en Felia Allum y Stan Gilmour (eds.), Routledge Handbook of Transnational Organized Crime, Routledge Handbook, Londres-Nueva York, 2015, p. 285.

7 “¿Quién infundió miedo en redes y WhatsApp y llamó al saqueo? Identifican ‘acción coordinada’”, Sinembargo.mx, 5 de enero de 2017.

8 Idem.

9 Excelsior, 4 de febrero de 2017.

10 “Quién infundió miedo en redes y WhatsApp…”.

11 Federico Reyes Heroles, “¿Con quién es el enojo?”, Este País. Tendencias y Opiniones, núm. 308, diciembre de 2016, pp. 6-10.

12 Baruch Spinoza, Tratado político, Alianza, Madrid, 2004, p. 97.

 

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José Fernández Santillán es profesor del Tecnológico de Monterrey (CCM). Discípulo y traductor del filósofo italiano Norberto Bobbio. Ha sido Fulbright-Scholar-in-Residence en la Universidad de Baltimore (2015); profesor visitante de la Universidad de Georgetown (2013), e investigador visitante en la Universidad de Harvard (2010). Entre sus libros se encuentra Política, gobierno y sociedad civil, Fontamara, 2013. Fue miembro del consejo editorial de la revista Este País. Es investigador nacional nivel III del SNI.