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Un ángel ciego y otro castigado

Geney Beltrán Félix | 01.03.2017
Un ángel ciego y otro castigado

Alicia, una muchacha de dieciséis años, se encuentra en el desván de su escuela. Entre cacharros y restos ruinosos de utensilios didácticos, mientras espera a su amante, un joven llamado Andrés, se imagina a sí misma como el ángel del tiempo que vagabundea por el espacio: “El ángel, melancólico, iba de uno a otro lugar, de ésta a la otra tumba, de aquel planeta al de más allá, como un ángel ciego. De pronto, algo lo atrajo sin que pudiera resistir”. Ese algo es un viejo y polvoso globo terráqueo. Ella sigue el impulso de escribir con la yema del índice “la palabra sagrada”  (“Andrés, Amor”) en la superficie de la esfera.

Esta escena se encuentra en el corazón del primer cuento, titulado “La palabra sagrada”, del segundo volumen de ficción breve de José Revueltas: Dormir en tierra (1960). ¿En qué plano de la realidad ocurre ese viaje de Alicia por los astros? ¿Es sólo una ensoñación sin mayor consecuencia en los hechos? El episodio es inmediatamente anterior al estallido del conflicto: Andrés llega a los pocos minutos, y la pareja es sorprendida por el profesor Mendizábal, quien pide al chico que escape, y en un arrebato, al escuchar amenazantes pasos en la escalera, rasga la blusa de Alicia, envolviéndose así en una culpa que no le estaría asignada, para hacer lucir a la jovencita como una víctima de su agresión.

He aquí el nudo dramático de la historia, del que irradia todo el conflicto. Sin embargo, habría que aclarar una cosa: todos esos hechos ocurren antes de la línea de tiempo principal en el relato; son, pues, una recordación. En la línea narrativa central nos hallamos con Alicia en su habitación, sitio que se ha convertido en el punto de reunión del padre, del rector de la escuela, de un médico, de una enfermera, alterados todos por lo que recelan un agravio a la inocencia sexual de la jovencita. Desde ese mirador, la narración sigue un tenor múltiple, saltando de un punto en el tiempo a otro: los sucesos en el desván y varios más de distinto signo propios de otros momentos son recapitulados desde el discurrir mental de Alicia. Toda esa oscilación tiene un sentido, pues parecería ir en fuga hacia una revelación: una tía, de nombre Enedina, llega, se inclina sobre la muchacha y le susurra: “Llora, hija mía, descarga tu alma: a mí no me engañas. ¡Llora, pequeña puta desvergonzada, llora que yo no te traicionaré!”.

No hay vejación aquí: Alicia, quien ya no es virgen, pues ha tenido sexo varias veces con Andrés, sonríe, pues para ella la realidad no se reduce a una pauta de blanco y negro, de puro o impuro —esto es, de castidad o lascivia—, sino que tiene un maduro carácter de contradicciones que se funden. El cuento cierra con un comentario que podría nacer del pensamiento de Alicia pero que, quizá más aún, compendia el tenor de la voz narrativa omnisciente: la tía “había pronunciado por fin a su oído la palabra justa, una de las cuantas palabras sagradas que tiene el lenguaje humano para expresarse”.

La imbricación de lo sagrado y lo sórdido, de lo limpio y lo sucio, se desprende de una percepción holística de la realidad que Revueltas glosó en el prólogo a la segunda edición de su novela Los muros de agua, datado en 1961: “la realidad tiene un movimiento interno propio, que no es ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata, donde todo parece tirar en mil direcciones a la vez […]”. Este movimiento interno, a juicio del autor, es cognoscible por la imaginación literaria, pues “tiene su modo, tiene su método, para decirlo con la palabra exacta. (Su ‘lado moridor’, como dice el pueblo). Este lado moridor de la realidad, en el que se la aprehende, en el que se la somete, no es otro que su lado dialéctico: donde la realidad obedece a un devenir sujeto a leyes, en que los elementos contrarios se interpenetran y la acumulación cuantitativa se transforma cualitativamente”.

Si hay un autor límite en la narrativa mexicana se llama José Revueltas. Nadie como él llevó —nadie ha llevado— la prosa de ficción a tan agónicos y desafiantes confines en cuanto a complejidad perceptiva de la realidad, densidad sintáctica y metafórica y profundidad moral e imaginativa. Leer a Revueltas es advertir y aceptar la exigencia de permanentemente releerlo; nunca termina su escritura de decirlo todo, y jamás llega, quien lo lee, a sentirse resuelto y cómodo,  a creerse en el punto final de las comprensiones intelectuales y estéticas.

Al contrario: la prosa del autor fallecido hace casi cuarenta y un años, en abril de 1976, es el espejo más retador que ha dado la letra mexicana; es una fuerza instigadora de definiciones vitales que lleva, a cuantos ojos se acerquen a sus páginas, hasta la firma de una alianza tan desasosegante cuanto imprescindible: uno mutará al leerla, y esta prosa a su vez se verá mutando ante nuestra mirada y la porfía de nuestro análisis. La prosa de José Revueltas se lee, sí, desde la inteligencia pero no menos que desde las vísceras.

Es la suya una prosa etimológicamente radical y visceral; toca la raíz, se adentra en las vísceras del espíritu de sus creaciones. Es una prosa espesa: profusa en adjetivos y metáforas, tupida en oraciones subordinadas y parentéticas, y —hacia allá todo conduce— con la regencia total de una voz narrativa que sólo Dios podría tener. Su escritura luce un conocimiento penetrante de los estados sensibles y concienciales de los personajes, una mirada incisiva que llega hasta donde el propio ente de ficción ignora de sí; hay aquí “la percepción de la segunda realidad, de la desconocida realidad interior de las cosas”, como se dice en Los días terrenales (1949).

En un párrafo y en otro está presente esta voz analítica y quirúrgica que, deteniendo la acción, congelando el fluir del tiempo, desentraña el caudal de pulsiones inconscientes que experimentan sus hombres y mujeres. Revueltas habría de verse, así, reprobado en buena parte de las propuestas de Italo Calvino para este milenio; no es la de sus libros una prosa ligera ni veloz, a ratos no del todo exacta, no siempre por entero visible, aunque, a no dudarlo, sí se llama generosamente dotada de una irrebatible multiplicidad y consistencia. Revueltas va en dirección contraria a lo que una amplia vertiente de la prosa narrativa ha privilegiado en el contexto del humanismo moderno, en esa búsqueda de establecer un convenio de temple cuasididáctico con las masas de lectores semialfabetizados, y que descansa en un realismo afín al registro de la experiencia concreta —desde esa superficie que habría de permitirnos intuir el mayor tamaño del iceberg—, así como en las prerrogativas que el psicoanálisis faculta.

 

 

No sorprende así que en “La palabra sagrada” encontremos el pasaje de la visión astral de Alicia; aquí se esgrime que la existencia no está sólo en los hechos precisos, sino también en los viajes interiores a la franja lunar, preconsciente de lo entresoñado, ese espacio infinito de lo probable incisivamente ensayado por la imaginación. Para la libre divagación de Alicia, la audacia de escribir “Andrés, Amor” en la superficie de un viejo globo terráqueo no es una cosa banal, pues pone en marcha nada más ni nada menos que los caminos de la civilización: “con la palabra sagrada, bajo el inocente dedo del ángel, brotaron aquellos nombres increíbles: Roma, Jerusalén, Constantinopla, Singapur, aquellos nombres que no decían nada pero que, resucitados del polvo, estaban dispuestos otra vez a vivir y a poblarse de sus enloquecidos animales”.

Esta maniobra parecería también figurar la propia indagación creativa de Revueltas. Pienso en esto: escribir sobre (con el doble significado de “en la superficie” y “en torno a”) una polvorienta representación de la Tierra equivale a escribir sobre la misma humanidad para así volver a dotarla de vida; con un lenguaje esencial, obstinado en su examen de lo más hondo y desconocido de la existencia, la ficción puede no sólo registrar, o representar, el inagotable proceso de mutación de la vida, sino que ambiciona ponerlo en marcha, darle un sentido, incidir en él desde su génesis. Para lograrlo se requiere una ficción que en primer término conozca y aprehenda el “lado moridor” de la realidad, esa interpenetración de los elementos contrarios (lo alto y lo bajo, lo puro y lo impuro) con que se rige el suceder en la Tierra.

Esto explica el revelador casi oxímoron “un ángel ciego” que hallamos en el pasaje del cuento, y que tanto “amor” como “puta” sean voces sagradas, sin que la connotación denigratoria que la sociedad le adjudica a la segunda pueda destruirle la ecuanimidad al deseo sexual realizado por una voluntad libre. La hipocresía de una sociedad opresiva es la causa de que la palabra “puta” sea pensada un insulto; en cambio, bajo la mirada integral que da forma al relato y que, de entre la suciedad de un desván puede responder positivamente a la aspiración de vida de los astros, las palabras tienen una textura más vital, fecunda y compleja.

José Joaquín Blanco ha escrito que “los relatos de Revueltas establecen la trayectoria de un personaje desde el nudo de su conflicto hasta el final más trágico posible que lo redima al revés, devolviéndolo al caos, a la monstruosidad, la suciedad o la atrocidad de la vida: una condena radical transfigurada en una fascinante e insoportable salvación”. Cuando se trata de narrativas extremas, desasosegantes por presentar destinos crueles de los personajes, la crítica tiende a suponer que llevar a los protagonistas al “final más trágico posible” es una voluntad casi, diríamos, excesiva del autor, como si esto no se sustentara en una representación aceptable, natural o al menos mesurada de lo humano. Decir que el destino de un personaje es una “condena” resulta una idea difícil de suscribir para quien vive las formas de la escritura de ficción desde adentro; no quiero decir que al narrador Revueltas sólo lo puede entender otro narrador de afinidades dostoyevskianas, pero sí creería advertir en el cuentista y novelista duranguense el planteamiento de que la ficción no es un laboratorio donde uno juegue caprichosamente, según sus apetitos, sino que su visión moridora es inherente a la realidad; se desprende de la observación, una aprehensión ecuánime de la realidad.

En la observación de Revueltas tiene un sitio primario una constante: la voluntad de sacrificio. Quien elige ofrendar su vida no acepta hablar de “condena” o de “final trágico”, sino de una realización natural, imantada de su destino. Así como “La palabra sagrada” tiene al profesor Mendizábal, el último cuento de Dormir en tierra, de título homónimo, también otorga un notable ejemplo del tesón sacrificial, y en general de cómo en Revueltas se apresa el lado moridor de la realidad. El cuento narra la historia de Galindo, el contramaestre de un barco que, durante un ciclón en el Golfo de México, decide renunciar a su vida para que un niño polizón, hijo de una prostituta, se salve: le pone el único salvavidas disponible mientras el navío se empieza a hundir.

En manos de Chéjov, Hemingway o Carver, el cuento se habría reducido a su anécdota: ocuparía quizá tres, cinco cuartillas. Revueltas no; él distiende la acción más de treinta páginas. Para narrar la historia del niño Eulalio y La Chunca, su madre paupérrima, el narrador va dibujando párrafo tras párrafo el escenario en que sus existencias se hallan oprimidas hasta la humillación y la carencia más repugnante. Describe el río Coatzacoalcos en su desembocadura en el Golfo, el pequeño pueblo en que vive y trabaja La Chunca al lado de sus compañeras, “las prostitutas que no tenían zapatos”; el calor, las moscas, los obreros desempleados a partir del cierre de una refinería, la música que escuchan éstos y aquéllas, su interacción señalada por el abuso y la burla… Todo esto, y más, con una prosa que, de llamarla vigorosa, nos veríamos tacaños: un río lujuriante, sinestésico, que otorga a los sitios, los hechos y las personas un relieve de apabullante expresividad: “De las casitas se elevaba trabajosamente, vertical y despacioso, trazando sobre el agresivo azul del cielo una apenas ondulada línea blanca de gis, un humo concreto, corporal, macizo, que no terminaría de salir nunca de las pequeñas chimeneas de lámina que se veían encima de los techos”.

Desde los apresurados términos de la ficción actual, tan moroso prurito sería tachado de dispendioso o irrelevante. La generosidad de la pluma revueltesiana se advierte en su apertura para incorporar en la prosa las pautas de la realidad sin una pretensión de extraer una interpretación psicologista, estrictamente racional o humanista, sino de crear una “acumulación cuantitativa” que “se transforma cualitativamente”. Este autor no muestra un pedazo de vida con la intención de sugerir algo nebuloso, inspirador, discernible a partir de los humores y talantes de quien lo lea. Narrar no es en su caso seleccionar; es acumular, hasta crear el efecto no de leer la realidad sino de vivirla. Él no integra en la página una representación selectiva de lo real, sino el devenir plural y contradictorio —visible en los efectos de esa prosa movediza y de cualidades diversas—, interpenetrado por el rejuego de los elementos opuestos de la vida humana.

En “Dormir en tierra” esto se revela —entre otras muchas instancias— en la confrontación del contramaestre Galindo y el niño Eulalio en el muelle, antes de zarpar, y donde cada uno es, en sí mismo, un ser humano, y al mismo tiempo en cada uno se puede ver la similitud con un elemento del mundo natural o incluso “irreal”, opuestos como lo serían una bestia furiosa (Galindo) y un ángel que pasa por un mal trance (Eulalio): “Estaban separados apenas por unos tres metros de distancia, el viejo oso colérico en la cubierta del remolcador y el niño allá abajo, sobrenatural como un ángel castigado”. Evodio Escalante señala con acierto:

Lo que estos textos hacen […] es mostrar la cerrazón del mundo y su opresión creciente, sin paliativos ni analgésicos, para que el lector (por una especie de violencia que se le impone) experimente y sufra un movimiento textual que es al mismo tiempo el movimiento de lo real, la expresión literal, no metaforizante, del devenir interno de la realidad, no de un devenir inventado, fantaseado, surgido del super-yo, sino la neta, su verdad profunda y acaso repulsiva, pues es la verdad del acabamiento.

 

¿Es viable hablar de un narrador en quien la prosa no es registro de lo real sino performación de la vida? ¿De alguien dotado del don para hacer en la ficción el camino inverso de lo que Dios con el mundo: no crear de la nada sino aprehender el mundo en su deriva hacia la nada? Lo que quiero decir se reduce a esto: que Revueltas obedece a la aspiración, propia de los antiguos poemas rituales de la humanidad, de hacer de la palabra literaria no un artificio sino una herramienta de conocimiento de la realidad que llegue a dominarla y transformarla.

Más que un contador de historias, Revueltas es —y aquí engolo la voz, pero no hay de otra: las cosas como son— lo más cerca que ha estado la literatura mexicana de un vidente, de uno de esos pocos, desmesurados videntes que, cada tanto tiempo, descubren las zonas ocultas del existir humano, y no se detienen en la ardorosa labor de sacarlas a la luz, sino que llegan a casi dotarlas, ellos mismos, de vida. Donde se menciona a Revueltas podrían ponerse los nombres de Cervantes, Dostoyevski, Conrad o Coetzee. Porque lo que hay en Revueltas no es representación de la realidad, sino la misma realidad vuelta prosa; el artista literario más complejo de México es, como se lee en Los errores (1964), “verdadero hasta lo alucinante, hasta la saciedad”.  ~

 

 

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GENEY BELTRÁN FÉLIX es autor de las novelas Cualquier cadáver (Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2015) y Cartas ajenas (2011), y del libro de cuentos Habla de lo que sabes (2009). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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