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Alabanza de la pelota

Vicente Quirarte | 01.03.2017
Alabanza de la pelota

Provenientes de Yahualica, los Quirarte y los Ruiz se asentaron en el mercado de San Juan de Dios, proveedor de indelebles recuerdos infantiles que entran a través de los sentidos. Mi equipo tatuado en el alma ha sido, siempre, junto con mis naturales Pumas, el rebaño sagrado del Guadalajara. Llevo el mismo apellido que Fernando Quirarte, el famoso de la estirpe. En 1970, fui orgulloso testigo del partido del siglo entre Italia y Alemania, según hace constar la placa alusiva en el Estadio Azteca.

Sin embargo, soy la persona menos autorizada para referirme al juego del hombre. Celebro, no obstante, la oportunidad —tal vez sería mejor decir el pase— para hablar de un libro, en muchos sentidos, ejemplar. Ejemplar por quien lo concibió, pues Justino Compeán quiso ofrecer un regalo especial y diferente desde la Federación Mexicana de Futbol. Ejemplar por quien realizó el trabajo editorial. La Cooperativa La Joplin es capitaneada por Carla Zarebska, quien hace varios años llevó a cabo el proyecto de hacer un libro sobre Jaime Sabines, que los devotos del enorme poeta guardamos con particular cuidado y al cual acudimos con frecuencia.

En este caso no se trata de un libro sobre el futbol, sino sobre el objeto nuclear de sus afanes: la pelota, el hule vulcanizado y la forma en que en México, como escribe Juan Villoro, “junto con la vainilla y el chocolate, ha sido nuestra mayor contribución a la alegría”. Tres partes medulares integran el libro: una reflexión sobre la pelota como centro del Universo; otra donde se reconstruyen testimonios escritos y gráficos sobre el juego de pelota, y una tercera donde se da rienda suelta a imágenes sobre el futbol. Imágenes en ambos sentidos: las palabras dialogan con las fotos y éstas no tienen una función meramente ilustrativa. En tal sentido, si es notable la investigación de textos más aún lo es la investigación iconográfica y los juegos que se logran al unir imágenes icónicas del presente con esculturas del pasado, ya asentadas en nuestro imaginario colectivo.

La palabra pelota se parece a su nombre y es uno de los primeros vocablos que aprende a pronunciar un bebé, aunque reduzca los sonidos a pota. Redonda es una palabra proveniente del cultismo rotunda, que en la tercera definición del diccionario significa ‘completo, preciso y terminante’. Como advierte el físico Jean-Pierre Maury, hubo un largo tiempo en que la humanidad concibió que la Tierra era plana, rodeada por un océano infinito. Nuestra gran vanidad humana impedía concebir que el mundo fuera redondo como la luna o el sol que acompañan nuestro tránsito vital. Las exploraciones espaciales permitieron ver nuestro planeta en toda su belleza, redondo y azul, como seguramente lo percibieron, con sentidos apetecibles, los marcianos de Herbert George Wells, a quien en 2016 evocamos en los ciento cincuenta años de su llegada al mundo.

La pelota es el juguete unánime que uniforma géneros. Cuando la tiene entre sus manos, la niña y el niño están poseyendo el mundo plenamente. La pelota es permanente retorno a la infancia. Por eso resultan tan elocuentes las fotografías del libro en las que jefes de Estado hacen al esférico parte de su cuerpo o de su alma. De todas ellas, destaco la misma página en la que un Fidel Castro en la plenitud de su poderosa madurez, expresa un gesto infantil y de asombro ante la bola, mientras el papa Francisco la sostiene como si fuera la hostia con la que va a impartir la comunión.

La pelota es un libro sin autor, como debieran serlo todos los verdaderos libros. Si bien en la obra los créditos dan fe de cada parte del trabajo, el triunfo ha sido colectivo, como sucede en el terreno de juego. Si, de acuerdo con Hegel, leer el periódico es la oración matutina del hombre civilizado, el rugido de la multitud ante el milagro del gol es la oración colectiva de la humanidad que en el futbol encuentra otra forma de sacralidad, cuando el juego de pelota estuvo ligado a creencias astrales y religiosas.

Actualmente, gracias a los avances de la red, es posible conocer de manera instantánea los numerosos textos literarios dedicados al futbol. Casi no hay gran escritor que no haya hablado del futbol y no haya encontrado en él una metáfora de la marcha del planeta, redondo y perfecto como el balón. Lo que seguramente no está
es el siguiente soneto de Vinícius de Moraes, “El ángel de las piernas chuecas”, uno de los nombres acuñados por la afición para Manuel Francisco dos Santos, más conocido como Garrincha y, en una de las mejores metáforas del futbolista y el futbol, la alegría del pueblo. Eduardo Langagne lo tradujo impecablemente, con rimas tan virtuosas como el dribleo:

 

A un pase de Didí, Garrincha avanza:

El cuero junto al pie y el ojo atento.

Dribla a uno y a dos, luego descansa

Como quien mide el riesgo del momento.

 

Tiene un presentimiento, así se lanza

Más rápido que el propio pensamiento,

Dribla uno más, dos más, la bola alcanza

Feliz entre sus pies, los pies del viento.

 

La lleva, así la multitud contrita

En un acto de muerte se alza y grita

En unísono canto de esperanza.

 

Garrincha, el ángel, oye y dice: ¡goooool!

En la imagen la G chuta en la O

Dentro del arco entonces la L danza.  ~

 

 

 

 

* La pelota: Una herencia de México al mundo, Federación Mexicana de Fútbol Asociación, A.C. / Cooperativa La Joplin, México, 2016.

 

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VICENTE QUIRARTE es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e investigador titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e integrante del Colegio Nacional. Su obra incluye libros de poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Universidad Nacional. Su libro más reciente es la novela histórica La isla tiene forma de ballena.

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