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#CuerposVigilados: Un tuit para el cadalso: nuevos suplicios y redes sociales

Alex M. Azpiri | 06.03.2017
#CuerposVigilados: Un tuit para el cadalso: nuevos suplicios y redes sociales

 

El poder policiaco […] (es) como una mirada sin rostro que transforma todo el campo social en un campo de percepción: millares de ojos por doquier, atenciones móviles y siempre en alerta.[1]                  

               Michel Foucault, Vigilar y Castigar, 1975.

 

 

Cuando era (más) joven, tal vez niño, las voces en mi cabeza convertían el espacio del reposo de la cama en un cadalso privado. Un conglomerado de voces incomprensibles se apropiaba de todo mi cuerpo, el cual, tirado por cuatro caballos —uno por cada extremidad—, se convertía en el centro de una plaza pública enardecida e imaginaria que vituperaba, maldecía y condenaba cada uno de mis crímenes cometidos a lo largo del día: los crímenes de pensar, hablar y habitar (mal) el mundo. Cuando era (más) joven, y ni tan niño, no había Internet, o no como hoy, ni en casi todas partes, por lo que las voces en mi cabeza no estaban (tan) caracterizadas por la claridad del lenguaje de los medios electrónicos ni las condenas eran tan viralizables como para exponer mi cuerpo imperfecto a la vista de “todos”. Era tan sólo el pequeño Damiens foucaultiano de la paranoia alucinatoria que me sometía a la lupa neo-soberana del auto-infringido suplicio infantil.

 

Así pues, el 2 de marzo de 1994, Alex, acusado de existir, fue condenado a pública retractación ante la puerta principal de la primera etapa de su sueño NREM (adormecimiento y primera etapa de ensoñación). Su cuerpo fue exhibido desnudo en una carreta en la cual, sobre el cadalso público, “se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo desmembrado y tirado por cuatro caballos y su miembro y su tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas reducidas a fuego”. Finalmente, sus muslos serán desmembrados, sus nervios cortados, sus coyunturas rotas a hachazos, su carne arrancada con tenazas de acero. “Dios mío, tened piedad de mí, Jesús, socorredme”,[2] gritaba Alex durante su agonía. O quizá fue el presunto parricida Robert François Damiens en Vigilar y castigar (y no mi presunto cuerpo culpable, y no en mi sueño NREM, sino en la puerta principal de la iglesia de París), retratado en esta sangrienta introducción en la que Michel Foucault, sin saberlo, y describiendo la práctica del suplicio soberano de un 2 de marzo de 1757, auguraba tal vez, en alguna etapa de su sueño NREM o REM setentero, nuestro tormento damiensero (post-soberano, post-disciplinario y post-corpóreo) de todos los trescientos sesenta y tantos 2 de marzo subsecuentes a la secularización y re-actualización del suplicio, en ese obscuro cadalso, público y democrático, del espectáculo político llamado Internet.

 

Martirio de San Hipólito, Dieric Bouts (Wikimedia Commons)

 

El 9 de diciembre de 2006, Damiens despertó de su pesadilla. El espectáculo sangriento del suplicio de las sociedades donde el poder soberano se reafirmaba mediante la tortura pública que sobre-multiplicaba su crimen, se había (más o menos) extinguido. Los espacios disciplinados de vigilancia que, de haber delinquido siglos más tarde, le habrían dado “libertad” a Damiens, se habían ahora desplegado a todas partes. Al castigo por exposición pública le había sucedido el castigo por encierro carcelario disciplinario y de retribución del mal cometido, prevención de futuros delitos y reinserción social; pero por varios devenires socio-político-tecno-históricos y perversos, Damiens podía ahora ir a cualquier espacio a ejercer su increíble derecho de ser vigilado todo el tiempo por cámaras de seguridad estatales y privadas, para reproducir por cuenta propia las coerciones de poder sobre su cuerpo y así dotarse de una hermosa subjetividad construida con la simple tecnología de saberse vigilado. Desde entonces, Damiens no delinque, no porque no quiera, sino porque observo todos sus movimientos con mis ojos justicieros.[3]

 

Cuando Damiens abrió los ojos, las cámaras de Televisión apuntaban directamente a su cara e iluminaban su crimen con la luz mediática de la Verdad. Un montaje televisivo reproducía el supuesto momento de su detención, en un tiempo real desfasado por la complicidad de las fuerzas de inteligencia y las fuerzas armadas de los medios de televisión. Damiens había sido salvado del espectáculo sangriento en la plaza pública de París por el espectáculo del castigo mediático mexicano: telepresenciamos el montaje mediático-policial de su detención en el rancho “las Chinitas”[4] y antes de ser llevado a un juzgado, Damiens era ya, a nuestros ojos mediotizados, una secuestradora profesional. Pero Damiens estaba en su sueño REM (fase alucinatoria ocular rápida) y, cuando despertó realmente, en 2013, el montaje televisivo y el miserable proceso judicial habían quedado en la etapa más profunda de su inconsciente.[5] Ahora Damiens, dotado de un nacionalismo inusitado y del poder mediático de la palabra, gritaba en los medios periodísticos y en las redes sociales que Florence Cassez era a todas luces una maldita “secuestradora francesa”; su tez blanca y ojos demoniacos lo demostraban y no necesitábamos un proceso judicial y penal justo que lo avalara: habíamos ya construido un monstruo que nos diera unidad nacional y que nos medicaría con el paliativo de la urgente impartición de (in)justicia en un país lleno de cuerpos secuestrados y desaparecidos (por no sumar el derrame de cuerpos falsamente inculpados en las cárceles mexicanas y que no tuvieron ni tienen la suerte o el privilegio de ser mediatizados). Al castigo por reinserción, se le había sumado el castigo por mera comunicación, queríamos ver al monstruo arder en el fuego de nuestras pantallas para masturbarnos con la justicia del periodismo ilustrado.

 

Pero Damiens no perdía la esperanza de ser juzgado antes de ser procesado así que, previo a la instauración de la sociedad del espectáculo en las redes sociales, decidió ir con sus compañeros de trabajo de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, a respirar el aire místico del volcán La Malinche, un 14 de septiembre de 1968, a dos semanas de la masacre de Tlatelolco. El mal tiempo los hizo detenerse en el pueblo de San Miguel Canoa, donde fueron hospedados por una amable familia. El párroco convocó a la población por medio de las campanadas que anunciaban la desgracia que los estaba acechando y, por un susurro sacerdotal difuminado a lo largo del territorio inhóspito y olvidado en las faldas del volcán, los empleados universitarios se convirtieron, a los ojos y tripas de la histeria colectiva, en cinco estudiantes (por supuesto comunistas, el monstruo de la época) que presuntamente implantarían una bandera rojinegra sobre la iglesia de la localidad. El susurro se convirtió en un linchamiento sangriento (retratado en la película Canoa, de Felipe Cazals); cuatro de los cuerpos fueron destazados, sus coyunturas fueron destruidas a hachazos y sus cenizas reducidas a fuego.

 

Colección IMCINE

 

El linchamiento es un tipo de castigo ejecutado por la sociedad (no impartida por una instancia judicial ni por las fuerzas soberanas o presidenciales) que intenta, entre otras cosas, restaurar el orden social, “un instrumento a través del cual se perpetúa la diferencia entre buenos y malos, ciudadanos y marginados […] dirigidos a quienes puedan representar una amenaza para la comunidad, aunque pertenezcan a ellos”.[6] De ese modo, el presunto delincuente es erigido como un monstruo cuyo delito no es comprendido, ni como causa de una estructura social perversa, ni como una condición virtual de cada uno de nosotros, sino únicamente como la consecuencia natural de su anormalidad,[7] por lo que debe ser señalado, expulsado y deshumanizado a toda costa. Según el contexto de ejecución, cada linchamiento mueve, abraza o (re)produce distintos tipos de subjetivación, castiga según la norma que se quiera restablecer y opera según diversas direcciones económicas, raciales, de género y de especie. Tiene una cara vuelta hacia el cuerpo sensible del sujeto y, en el caso de los fáciles y accesibles linchamientos cibernéticos, una cara vuelta hacia la conciencia, el espíritu, el alma o las fuerzas y la potencia de cada bruja o monstruo, que, según la naturaleza de cada burbuja panóptica, castigará hasta intentar desmembrar las fuerzas del inculpadx, en cada cadalso, en cada hoguera, en cada opinión, en cada captura de pantalla, en cada post, en cada tuit.

 

El 13 de Octubre de 2016, Damiens se cobijó en las redes sociales al calor de la construcción social “más democrática” de la libertad de opinión, lejos de los ruines y miserables montajes de las cadenas televisivas y los sacerdotes anti-comunistas del obscuro 68. El calor de la hermandad que un día hizo una primavera árabe, se convirtió en el fuego de su invierno mexicano: Damiens había sido acusada de plagio por los nuevos sacerdotes de la justicia. Su acusación se fue difuminando, como un murmullo neo-sacerdotal de influencer policiaco, hasta que devino la nueva lady de las hogueras cibernéticas. Por una multiplicidad de ataques que rebasaron la naturaleza del “delito” (cuyo tormento describe Abril Castillo en este poderoso texto/denuncia: "De plagios y machismos ilustrados"), la ilustradora mexicana Mariana Villanueva (alias Haku), denominada #LadyPlagio, fue acusada a retractación pública ante el cadalso de las redes sociales; su “delito” gráfico fue expuesto y detallado en una neurótica epistemología del plagio por los expertos detectives de las redes sociales, perpetuando incansablemente su crimen para “comunicar lo atroz” y fortalecer la monstruosidad que debíamos desterrar, suprimir y silenciar (como en “White Bear” de Black Mirror, como en las cadenas televisivas o como en Twitter y en la vida). Su cuerpo fue exhibido en los muros de la justicia, su conciencia desmembrada, su integridad arrancada con tenazas de plasma y su voz reducida a cenizas.[8]

 

A veces intento darle unidad al cuerpo desmembrado de Damiens, (re)construirlo como persona y establecer un vínculo sinestésico y corporal que me haga comprender que es un extraterrestre como yo. Pero lo único que obtengo de él son sus pixeles desmembrados, sus textos, sus imágenes, sus opiniones y sus tuits, sumergidos en un pantano pedregoso, hiper-vigilante, supercívico y paranóico lleno de primeras piedras y de ideas masturbatorias; donde la velocidad del flujo informativo es proporcional a la velocidad con la que la plataforma me urge constante y seductoramente a “alzar la voz” (just say it!), y a juzgarlo enteramente por su primer crimen (primer “error” o primer susurro desplegado y rápidamente interiorizado como verdad irrevocable) para construir mi identidad política y social en curso y, si puedo, destruirlx, para curarme de su posesión satánica con el placebo orgiástico de la paz mundial; antes de darme a la (ya) imposible tarea de construirlo en su unidad y su derecho, como el mío, de “delinquir”, errar, pensar o actuar distinto en el camino; antes de que emerja, video-grabe o capture en mi pantalla a la siguiente lady, a la siguiente bruja, o al siguiente monstruo y pedirle, en la tortura y examen policiaco de “toda su historia” y "toda su vida”,[9] que rinda cuentas y confiese.

 

Frente a la muerte de los metarrelatos, incluido el metacuento de las primaveras cibernéticas, no nos queda más que construir micromitos seductores, con base en las tendencias mediáticas que dictan el rumbo de nuestra socialización, y a sobre-producir monstruos para (r)establecer el sentido y el orden social de nuestras pequeñas y fugaces burbujas panópticas, las cuales (quizás) lejos (ya) de permitirnos tejer Redes Sociales y discursos transformadores, de modo que podamos potenciar las fuerzas creadoras, disruptivas y transgresoras que nos prometió la democratización de los medios (y que nuestro politólogo y comunicólogo interior aplaude ciegamente), desarticula (quizás) más bien toda posibilidad de sociabilidad y, más aún, de acción política comunitaria y creativa. Me pregunto a quién alimenta la sangre con la que firmamos esta carta de la democracia en los medios electrónicos, a dónde vamos a apagar nuestras voces, quién nos dota de tantas piedras y qué estructuras alienantes y opresoras fortalecemos o ignoramos cuando patologizamos, demonizamos y exhibimos al otro y nos demarcamos de él. A quién metemos a la cárcel y de qué monstruos estructurales y cuerpos sometidos nos olvidamos.

 

Damiens se quedó dormido entre las flores de la primavera cibernética pero cuando abrí los ojos, el 6 de marzo de 2017, las voces en mi cabeza se habían por fin materializado para todos y en todas partes: desperté lleno de nieve en el invierno de la inmediotez.

 

NOTAS

 

[1] M. Foucault, Vigilar y castigar, Ed. Siglo XXI, México p. 247

[2] M. Foucault, Vigilar y castigar, pp. 11-13

[3] Michel Foucault, en Vigilar y castigar, analiza los dispositivos de poder y las tecnologías del cuerpo que fueron dando paso de una sociedad soberana a una sociedad disciplinaria, en medio de las transformaciones migratorias, de producción, educativas, hospitalarias y militares, de los siglos XVII y XVIII. De la coerción sobre el cuerpo sensible a la coerción (que tiende cada vez más a lo incorpóreo) por medio la vigilancia. Posteriormente, estos espacios que funcionan como moldes, espacios cerrados (panópticos) de vigilancia central (la escuela, la prisión, el hospital, etcétera) se fueron transformando en el siglo veinte (guerras mundiales; la caída del muro de Berlín; las transformaciones: de la economía de la moneda en economía de créditos y acciones, y de la economía de la producción a la venta de servicios; los dispositivos farmacológicos, automovilísticos, audiovisuales; etcétera), y fueron dando paso a lo que Gilles Deleuze denominó "la sociedades de control” (V. “Post-data a las sociedades de control”; de los moldes a los módulos, del individuo al dividuo). Este proceso es descrito por Paul Virilio en La inercia polar, donde, a partir de la videoscopía, surge un nuevo orden arquitecntónico y de construcción de subjetividades donde las nociones de adentro-afuera y entrada-salida se van volviendo cada vez más indiscernibles. “La Panóptica de Bentham ya no está en las calles sino en el apartamento, la ciudad y el mundo entero”.(V., además: ¿Qué es un dispositivo?, de Giorgio Agamben y (toda) la serie televisiva Black Mirror).

 

[4]

 

[5] Sobre el caso Florence Cassez: “¿Por qué es importante el caso Cassez?”, Animal Político, 2012 / “ »Florence Cassez: La verdad secuestrada”, Nexos, 2011

[6]Linchamientos y sus genealogías en el nuevo conflicto social: entrevista a Gema Santamaría”.

[7] Jorge Martínez Lucena y Javier Cigüela Sola, Pensamiento Pop en Black Mirror: El monstruo y su linchamiento, 2014, p. 94

[8] Estos ejemplos (de suplicio, inculpabilidad y/o linchamientos) tiene cada uno su particularidad, sus motivaciones y su contexto específico y, lejos de intentar hacer una reducción "teórica" de la práctica del "linchamiento", intento más bien encontrar, para cada caso expuesto, resonancias de algunas de sus características con ciertas prácticas que los dispositivos electrónicos, potencian, debido (pero no sólo) a la facilidad y rapidez para exponer las "fechorías" ajenas. No entró explícitamente en este trabajo pero, corre, en paralelo, la discusión sobre las prácticas intimidatorias organizadas de "denuncia ciudadana” mediante la exposición videograbada de "actos ilícitos”, como la del ex city manager de la Delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, Arne aus den Ruthen, o la del grupo de comediantes Los Supercívicos; cuyo ejercicio supone, entre otras cosas, exhibir, exponer (linchar), aleccionar y corregir (y cuya acción, sin un poder central o explícitamente organizado, ejercemos cotidianamente, y de formas “sutiles” y más difíciles de detectar, los usuarios activos y mortales de las redes sociales).

[9] En el capítulo de Black Mirror, “Tu Historia Completa” (“The Entire History of You”), la tecnología del “grano” (un implante corporal que permite grabar todas las acciones de la vida de la persona y que puede re-hacerse o re-transmitirse para fines personales o incluso estatales o policiales) despliega y distribuye el poder de la vigilancia del poder central panóptico entre las redes difuminadas de control ciudadano, parecido, en este caso, a la posibilidad que tenemos (ya) de reproducir y re-presentar cada una de las huellas cibernéticas del inculpadx (textos, imágenes, posts, etcétera) para sumar “pruebas” de lo que se pretende demostrar. Igual que los corporativos mediáticos se sirven de la exposición de la intimidad de los criminales en el proceso de construcción (y juicio paralelo) de monstruos mediáticos (imágenes de sus habitaciones, de sus diarios personales, de sus familiares, etcétera); los usuario de las redes sociales, con el fácil acceso a la “vida” de los demás en sus cuentas personales, podemos utilizar la información almacenada, no sólo para atacar, trollear, bullear, humillar, sino incluso (y sumado), en el caso del linchamiento o inculpabilidad cibernética, para construir un discurso policiaco que “demuestre" la culpabilidad del acusadx.

 

*Imagen principal: Robert François Damiens (1715-1757) before the judges at the Chatelet, París, 2nd March 1757 (Wikimedia Commons).

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