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#InventarioDeGestos: Parpadeo

Javier Raya | 09.03.2017
#InventarioDeGestos: Parpadeo

El mundo puede timarnos cuando no lo estamos viendo, pero tiende a permanecer igual a sí mismo mientras lo observemos, ¿cierto? Pregunta paranoica por excelencia, reality check que, confiado en la herramienta que admite y que relega, adopta un régimen de mirada sin más sustrato que esas insignias: esas esquirlas de sentido que sólo a través de la imagen se reconstruyen como vigilia, como sueño, como alucinación, como escritura, como poema. La estabilidad, la continuidad, la ley, en fin, del universo, ha resultado evidente a grandes pensadores y a señoras pías en conventos que escribieron poemas mejores que los de aquellos grandes pensadores.

Pienso en Juana de Asbaje y en Teresa de Ávila, naturalmente. Tengo para mí que ellas demostraron que el éxtasis es insoportable de una manera hermosa, mucho más que el empacho sensorial del sublime kantiano. De otro modo no me explico cómo es que pudieron dar testimonio de la estructura del sueño y de la comunión mística sin sentir algo así como una angustia del testigo. Esa necesidad de hacer notas mentales, de componer, en el sentido musical, la experiencia en acentos, y éstos en frases, en cláusulas, en cifras, en imágenes. No para descomponerla ni para comprenderla, sino para compartirla.

 

Un perro andaluz (1929), Luis Buñuel

 

Cómo no parpadear, cómo no entrecerrar los ojos frente al resplandor del ángel terrible (Rilke: el poeta posee ojos sin párpados).

Es común el uso de velas y pequeños fuegos en la meditación. Una de las prácticas más poderosas y difundidas conmina al practicante a observar una vela sin cerrar los ojos, no importa que las lágrimas le rueden por el rostro como hilos de aceite hirviendo. Se queda así, con los ojos fritos, contemplando, hasta que algo se rompe dentro de él. Probablemente no ocurra la primera vez ni la segunda, pero algo ocurre. Y el mundo permanece igual tras la vela y la mirada adolorida.

Obturamos, seccionamos, administramos con los ojos la realidad, pero de lo que ocurre cuando nuestros ojos se cierran siempre nos hemos sentido irresponsables y un poco ajenos. El beso, el miedo, el sueño. No prestamos atención a la experiencia onírica, experiencia considerada incluso como de segunda categoría frente al insulso prestigio de la vigilia. En ese sentido, el sueño podría entenderse también como un largo y sostenido parpadeo de la razón, que ocupa nada menos que dos terceras partes de nuestra vida. Cerramos los ojos —parpadeamos largamente— cuando se cierne sobre nosotros la amenaza de la violencia o del erotismo: con los ojos cerrados nos protegemos y nos entregamos, nos evadimos y nos lanzamos, y no hay salto al vacío que no comience con un parpadeo donde los ojos toman aire y se vuelven ligeros para mirar hacia dentro.

Dijo Breton que llegaría la hora de los filósofos durmientes.

 

*Imagen principal: L'Estasi di Santa Teresa o Santa Teresa in estasi o Transverberazione di santa Teresa (1647-1951), de Gian Lorenzo Bernini.

 

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