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Emprender o morir

Héctor Hernández Gutiérrez | 01.04.2017
Emprender o morir

Este reportaje fue realizado en el marco de la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos del CIDE, de la que el autor es egresado, con el apoyo de la Fundación Omidyar Network.

 

“Soy una luchadora de cáncer”, afirma Carmen con decisión, mirando a su interlocutor con sus intensos ojos negros. El diagnóstico que recibió aquel mayo de 2008 en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) llegó sorpresivamente: “cáncer endometrial de matriz”. Posteriormente, el diagnóstico evolucionaría: “con metástasis en el seno”.

Hasta entonces, Carmen era una empleada comprometida de Dalux, empresa de tamaño mediano dedicada a la comercialización de algodón, en la que, habiendo comenzado como asistente, llegó a ser administradora de la División México. Hija de migrantes campesinos chiapanecos, creció en la colonia Pensil, barrio popular del norte de la Ciudad de México. Asistió a escuelas públicas y desde muy joven tuvo oportunidad de hacer pequeños trabajos administrativos que la fueron preparando, sin saberlo, para liderar un negocio. Graduada en administración por el Instituto Politécnico Nacional en los años ochenta, tuvo diversas experiencias de trabajo hasta que ingresó a Dalux. Según cuenta, siempre demostró responsabilidad y compromiso, lo que le permitió crecer profesionalmente. Trabajó en la empresa por 15 años y participó en su crecimiento, alcanzando a devengar, en su última etapa, un sueldo mensual de 30 mil pesos. Carmen era una mujer exitosa en su entorno social, por lo que “hasta antes de la enfermedad, no había pensado en emprender”, asegura.

Según el estudio del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) titulado La opción empresarial en América Latina: ¿Vía de ascenso?, México y América Latina cuentan con una proporción muy reducida de la población que puede ser considerada parte del empresariado, representando sólo un 8% de la población económicamente activa en nuestro país y un 10% en el continente. En muchas ocasiones, el interés por emprender está correlacionado con el origen familiar; es decir, se da por la transmisión de valores de padres a hijos. Según los hallazgos del informe, el 71% de los emprendedores encuestados en el continente provenían de la clase media, y sólo 1% de la clase baja. Para emprender, el origen social importa.

Sin embargo, en el caso de Carmen fue la posibilidad real de morir lo que la obligó a replantearse sus metas de vida y decidir emprender. La revelación de su padecimiento y el largo proceso terapéutico provocaron la separación y el alejamiento de su entonces marido y padre de su hija Mary. Poco después, el dueño de Dalux también enfermó de cáncer y decidió vender la empresa, liquidando de manera “razonable” a sus empleados. Era el año 2010 y Carmen luchaba por superar la enfermedad. “Puedes gritar y reclamarle a la vida, pero tienes que continuar”, dice. Una vez que logró ser de las pocas que, con un diagnóstico como el suyo, pudo superar el cáncer, se encontró con una nueva oportunidad de vida y con 250 mil pesos en el banco, producto de su liquidación. Tenía, además, el apoyo de quien se convertiría en su marido, José Luis Flores, a quien conoció en Dalux, también liquidado y con recursos económicos. Él se convirtió en su soporte y aliado. A partir de entonces, ambos formaron una pareja sentimental y de negocios. Con los recursos de su propia liquidación, José Luis decidió apoyarla en la creación de Dagda. Poco después se casaron.

Durante las quimioterapias “lo primero que te quitan es todo lo rico y delicioso”. Para ella, “el apapacho era el helado, y no había opción sana que se pudiera consumir”. Durante el largo proceso de recuperación, Carmen pensaba cómo sustituir lo prohibido, “ha sido la mejor de las terapias, la mejor forma de no enfrascarme en la depresión”. Así comenzó a experimentar, desarrollando, sin nociones previas, conocimientos nutricionales: su propia tecnología de alimentos. Lo que empezó siendo un pasatiempo, se convirtió poco después en un proyecto de vida que la obligaría a enfrentar los retos de los que sólo había sido testigo en la empresa, los que encara un empresario. Comenzando por la duda de si alguien iba a querer consumir su producto: helados artesanales.

Para el Dr. Fernando Moya, director de la egade Business School del Tecnológico de Monterrey en Santa Fe, Ciudad de México, institución privada pionera en la formación de emprendedores en el país, la pregunta que se hace cualquiera de ellos en el mundo es: “¿lo que yo creo que es una gran idea de negocio, alguien la va a comprar?”. El emprendedor, sea experimentado o novato, revolucionario o tradicional, se encuentre en México, Estados Unidos, Israel o Chile, tiene una aspiración universal: crear y posicionar en el mercado algo-que-venga-a-llenar-una-necesidad-de-muchos-que-estén-dispuestos-a-pagar-por-ello; o al menos, los-suficientes-para-que-el-negocio-sobreviva.

El emprendedor, se dice, es alguien que sabe tolerar el rechazo y puede dominar su “aversión al riesgo”. Porque para los que saben, emprender es fracasar y aprender a levantarse, para emprender de nuevo. El fracaso es lo más común en el mundo del emprendimiento. En México, el 75% de las nuevas empresas cierra operaciones después de dos años. En otros países, los índices de fracaso no son mucho mejores (ver la Tabla).

 

 

Aun así, el emprendimiento como una de las posibles profesiones a las que hoy día se puede dedicar una persona es cada vez más popular. En la actual etapa de las economías de mercado, la acelerada innovación tecnológica global ha transformado las estructuras productivas hacia lo que se conoce como la sociedad de la información. En este proceso, la sociedad industrial cede gradualmente el paso a una sociedad postindustrial en la que disminuye el peso de la estructura laboral manufacturera y aumenta la proporción de ocupaciones en el sector servicios. Así, las habilidades, las competencias y los conocimientos de la persona cobran cada vez más importancia, por encima de su trabajo físico. El emprendedor creativo y visionario se convierte en el principal agente del ecosistema empresarial, es un motor de la innovación, la productividad y el crecimiento económico.

Además de revistas de negocios, congresos, conferencias y reality shows, hoy encontramos la promoción de este concepto hasta en los centros comerciales. En el World Trade Center de la Ciudad de México, entre panaderías, restaurantes, cines, un centro de depilación y oficinas de compañías telefónicas, está ubicada la tienda Emprendiendo, Playful Training, un lugar agradable y bien decorado que no se diferencia de una tienda de videojuegos, por ejemplo. El manifiesto de Emprendiendo afirma que “la educación financiera y empresarial debe cambiar”. La empresa enarbola su misión como el “disminuir la brecha que existe entre éxito y fracaso de los nuevos emprendimientos”. A través de juegos de mesa, simuladores de negocios o videojuegos —“experiencias lúdicas”—, Emprendiendo pone en práctica “un método de aprendizaje diferente... sin trabas, por el aspecto amigable de sus características”. Y para no dudar de sus intenciones comerciales, ofrece “una plataforma ligera, veloz y sensible que ejerce esfuerzo mínimo para su utilización”.

Por su parte, el #EmprendeTour, combinación de experiencia de coaching y actividad turística, se vende como “una propuesta mexicana para fusionar la experiencia maravillosa de viajar y el mundo fascinante de los negocios”. Su objetivo es “que conozcas el mundo de la empresa y los negocios al mismo tiempo que disfrutas de un viaje inolvidable con líderes emprendedores”. Actualmente en su quinta temporada, el ticket emprendedor individual cuesta 4 mil 400 pesos y ofrece transporte, alimentos, hospedaje, visitas a empresas, recorridos turísticos, sesión de design thinking y “actividades y dinámicas de emprendimiento”.

Joseph Schumpeter, economista austriaco-estadounidense, forjó en la primera mitad del siglo XX una imagen del emprendedor como una especie de héroe. El emprendedor es un personaje arriesgado por naturaleza, tesonero, que sabe lo que busca y se aferra a su visión, que juega en un entorno económico de alta incertidumbre y no teme la experiencia del fracaso, porque ésta le confirma que todos los demás son los que están equivocados y que algún día triunfará su visión. Un hombre —en aquel momento las distinciones de género importaban poco— que gracias a su intuición, creatividad y búsqueda incesante de la innovación genera un proceso de “destrucción creativa” de empresas, e incluso de mercados existentes.

 

Súper Schumpeter, María José Ramírez

 

Este proceso, según Schum­peter, es básico para mantener la salud del capitalismo en su constante búsqueda de eficiencia y maximización de ganancias. Si bien han sido criticadas las graves consecuencias generadas por este proceso, como la pérdida de empleos, tradiciones, saberes o culturas, así como el incremento de la pobreza y la desigualdad, o la destrucción de ecosistemas naturales, lo cierto es que la innovación en el capitalismo del siglo XXI es una realidad creciente, impulsada por la revolución tecnológica, disruptora de viejos paradigmas productivos. Peter Drucker, otro gurú del emprendimiento, fundador del management empresarial como ciencia, recalcó la importancia de considerar la innovación como la verdadera disciplina del emprendedor, diferenciándola de otros valores intangibles como el talento, la genialidad o el espíritu emprendedor. Para Drucker, “la prueba de la innovación no es tanto su novedad, ni su contenido científico ni la genialidad de la idea: es su éxito en el mercado”. Uber, y la crisis que ha provocado en los modelos de servicio de taxis tradicionales alrededor del mundo, es un ejemplo contemporáneo de ello.

Bajo este parámetro, ¿se puede afirmar que Dagda ofrece algo innovador en el mercado? No del todo, porque no ha tenido gran éxito comercial y hasta hoy es un negocio de subsistencia, no muy diferente a la gran mayoría de los micronegocios mexicanos. Sin embargo, hay que resaltar el hecho de que Carmen y José Luis no ofrecen un producto tradicional y participan en un nicho en crecimiento: el sector de la comida sana. Su valor agregado es convertir un postre en alimento sano.

Se trata de un helado gourmet que preparan a los ojos del cliente en una plancha fría, algo relativamente novedoso en México. Es una tropicalización de una tecnología coreana que Carmen conoció a través de un amigo. Su helado se ofrece en bazares orgánicos y veganos de la Delegación Benito Juárez, una zona de clase media en la Ciudad de México. El sabor del helado de Dadga gusta al público y su elaboración a la vista del consumidor es llamativa, especialmente para los niños. ¿Qué le ha faltado para prosperar?, ¿es suficiente adaptar una tecnología probada en otro contexto económico y social para tener éxito? En otras palabras, ¿la innovación se puede copiar?

En el Índice Mundial de Innovación 2015, publicado de forma conjunta por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), la Universidad de Cornell y la escuela de negocios insead, aparecen a la cabeza de la lista Suiza, Reino Unido, Suecia, Países Bajos y Estados Unidos como los países más innovadores. México se encuentra en el lugar 57 de 141 países, y es el cuarto lugar de la región Latinoamérica y el Caribe. Con un índice de 0.73, se encuentra apenas por encima de la media mundial: 0.71. Según los análisis económicos, este lugar poco meritorio es producto de que la innovación está fuertemente asociada al uso de la tecnología y la ciencia, y México es uno de los países que menos invierte en investigación y desarrollo.

Según José Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(ocde), que agrupa a las mayores economías del mundo, México tiene los niveles de productividad más bajos de la organización, un 60% debajo del promedio general. Entre otros factores, esto se debe a la baja inversión empresarial en ciencia y tecnología. Cada año, la brecha entre nuestro país y otras economías se agranda. En Corea del Sur, este gasto representa un 4% del pib, porcentaje del que dos terceras partes son invertidas por el sector privado; mientras que en México apenas se llegará al 1% a finales del actual sexenio, con una inversión mayoritaria del Gobierno. Esta baja inversión en tecnología limita la creación de emprendimientos de alto impacto, que son los que más apoyo están recibiendo en el mundo por parte de inversionistas privados y gobiernos. Ante este panorama, la fuga de talentos mexicanos, principalmente hacia Estados Unidos, es un fenómeno común.

Usualmente, los emprendedores de alto impacto son jóvenes tecnologizados, ampliamente conectados en red y con una vocación global. Son los startuperos, una especie por sí misma en el ecosistema emprendedor. Muy lejos de los dagdas y los panqueritos, los startuperos empiezan la aventura emprendedora en la parte media o alta de la pirámide socioeconómica, factor que puede atraer mayores posibilidades de éxito. Un ejemplo es Carlos Mondragón, de 28 años, un talentoso ingeniero y programador, hijo y nieto de emprendedores tecnológicos mexicanos. Criado en el barrio de San Jerónimo, en la Ciudad de México, en su casa “siempre había computadora, eso ayudó a que mi curiosidad se interesara en la tecnología”, recuerda. Carlos egresó del Tec de Monterrey y, desde entonces, “me imaginaba teniendo una empresa de desarrollo de tecnología”. Sus primeros años como emprendedor los realizó en México. Nunca buscó apoyos de Gobierno porque cree que “es demasiada burocracia, el Gobierno es inepto, no es alguien en quien se pueda confiar”. Sin embargo, tampoco buscó inversión privada, ya que, para su fortuna, la inversión principal que requerían él y sus jóvenes socios era tiempo frente a la computadora.

En el 2010, su empresa productora de videojuegos, ikiGaming, puso a Carlos en el mapa emprendedor mexicano como “un caso de éxito”, que en realidad fue uno de fracaso, al rechazar, por soberbia y falta de experiencia negociadora, una oferta de compra por 2 millones de dólares que hizo Zynga, firma creadora de Farmville. Tras la fallida operación, ikiGaming nunca levantó el vuelo. Poco después quebró. Después de esta aleccionadora experiencia, y cansado de un ecosistema emprendedor poco estructurado y con pocos mentores que orientaran su camino, Carlos emigró de México, que, según él, es “el peor lugar para emprender en tecnología”, porque “no hay conocimiento y no hay mentores, porque no hay casos de éxito, no hay gente que realmente pueda compartir una experiencia de éxito. En tierra de ciegos el tuerto es rey; hay gente dando mal consejo”, afirma.

Hacia el año 2012, Carlos arribó al más desarrollado de los ecosistemas emprendedores del mundo: Silicon Valley. El tecnólogo reconoce con humildad que si en México todos lo consideraban un caso de éxito, “cuando llegas a Silicon Valley”, éste “te pone en tu lugar”. Poco a poco fue adquiriendo conocimientos y experiencias. Hoy es vicepresidente de Ingeniería en Aki Technologies, en San Francisco, California, muy cerca de Silicon Valley. Carlos se sumó a Aki Techonologies cuando ésta compró Mohound, su empresa de publicidad online, en la cual puso en práctica las lecciones aprendidas con el fracaso de ikiGaming. En conversación telefónica, instalado a 30 millas del corazón del mundo digital global, Carlos ve hoy un panorama prometedor, con muy buenas perspectivas de crecimiento profesional en un mercado diametralmente distinto al mexicano.

Por su parte, en la Ciudad de México, Diego Mendiburu, periodista transformado en emprendedor tecnológico con su app Fáctico —“una plataforma abierta para que cualquier persona tenga la oportunidad de publicar contenido noticioso y, si éste vale la pena, destacarlo y recompensar al usuario”—, discrepa sobre el emprendimiento de alto impacto en México. Afirma que si bien el ecosistema emprendedor en México no es aún maduro, hay mucho talento en la programación y el desarrollo, y hay tantas cosas que no funcionan bien en el país, que “hay muchas oportunidades para innovar”. En cuanto a la búsqueda de fondos públicos, cree que pueden ser útiles “no como subsidio, sino para escalamiento” del proyecto, por lo que no los ha buscado.

El apoyo que sí ha tenido es el de la iniciativa privada, específicamente de Wayra, una aceleradora de Fundación Telefónica que les ha ofrecido un espacio de trabajo en la colonia Roma y redes de promoción entre inversionistas. Lo cierto es que, al día de hoy, Fáctico aún se encuentra en la etapa de “validación del modelo de negocio” por parte de los inversionistas, a la espera de una buena venta para demostrar que ser startupero tecnológico en México puede ser, efectivamente, un caso de éxito.

Según Carlos Mondragón, el ecosistema emprendedor mexicano “está destinado a medio fallar”. Pero, ¿qué se entiende realmente por ecosistema en el contexto empresarial? Esta palabra, que funciona como una metáfora para referirse al entorno que propicia o inhibe la creación de nuevas empresas, surge en un artículo publicado en el ejemplar de mayo-junio de 1993 de Harvard Business Review, escrito por James F. Moore, titulado “Depredadores y presas: una nueva ecología de la competencia”, donde el autor, con base en el concepto de la coevolución en los sistemas naturales y sociales del antropólogo Gregory Bateson y el trabajo sobre ecosistemas del biólogo Stephen Jay Gould, aboga por el desarrollo de nuevas herramientas para que los ejecutivos tengan un acercamiento más sistemático a la estrategia empresarial. Con esta perspectiva, las compañías no son vistas como miembros aislados de una industria, sino como parte de un ecosistema de negocios en el que las empresas coevolucionan alrededor de las nuevas innovaciones, trabajan cooperativa o competitivamente en nuevos productos, satisfacen a sus clientes, generan ganancias e incorporan eventualmente nuevas innovaciones, todo en un círculo virtuoso, un ganar-ganar para el conjunto.

 

Predators and preys, María José Ramírez

 

 

En este contexto, Silicon Valley y algunas otras áreas de Estados Unidos, como algunas zonas de Nueva York o la ciudad de Boulder, Colorado, representan los referentes mundiales de ecosistemas bien integrados. Por su parte, Singapur o Israel son otros referentes internacionales destacados. Este último tiene la mayor densidad de start-ups en el mundo, con un total de 3 mil 850 emprendimientos, la mayoría de ellos de alto impacto, uno por cada mil 844 habitantes, según datos del libro Start-up Nation. La historia del milagro económico de Israel, de Dan Senor y Saul Singer. Israel es el país que más invierte en investigación y desarrollo de tecnología como porcentaje de su pib, con 4.2%, según datos de 2011. Como muestra de la importancia que se concede al emprendimiento, en Israel la creación de empresas es deducible de impuestos.

Un ecosistema emprendedor es un sistema muy complejo, con un gran número de actores y factores que intervienen en él: los emprendedores mismos, la educación financiera y emprendedora, las políticas públicas de apoyo, incluida la fiscal, la inversión pública o privada, una estructura de mercado que fomenta la competencia, así como una infraestructura de comunicaciones y transportes adecuada. Otros elementos de soporte son las incubadoras (que buscan, a partir de las ideas empresariales, apoyar el desarrollo de planes de negocio viables), las aceleradoras (que impulsan el crecimiento de emprendimientos ya en marcha), las asociaciones empresariales, los mentores, los asesores y los eventos de promoción de la cultura emprendedora. Obviamente, es un sinnúmero de elementos que difícilmente, en cualquier parte del mundo, pueden lograr una coordinación perfecta y permanente. En este contexto, ¿cuál es la situación en México?, ¿qué tan viable es tener éxito, o al menos sobrevivir, en el ecosistema emprendedor nacional?

Una investigación a través de nuestro ecosistema nos permite adelantar una respuesta: el medio social o el nivel socioeconómico desde donde se emprende determina en buena medida las posibilidades de éxito. La desigualdad que hay en muchas áreas de nuestro país existe también en su actividad emprendedora, una cuestión sobre la que reflexionaremos en el siguiente capítulo. EstePaís

 

1 Segunda entrega de Microempresas: su negocio es sobrevivir, cuyo primer capítulo fue publicado en nuestro número anterior.

 

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Héctor Hernández Gutiérrez es cineasta, comunicador y autor. Director de Cine por el CCC. Maestro en Periodismo por el CIDE. Experto en marketing político. Integra la creatividad audiovisual con el discurso publicitario y la investigación social para encontrar nuevas maneras de narrar la realidad mexicana.

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