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Desafío Trump: El desafecto a la democracia

Héctor Barragán Valencia | 01.04.2017
Desafío Trump: El desafecto a la democracia

Hace pocos días leí una larga lista de adjetivos descalificativos que recorrían casi todo el alfabeto, de la A hasta la Z, hacia la persona de Donald Trump, elaborada por un historiador muy renombrado, a quien admiro y respeto. Y tal vez ese cúmulo de epítetos describa la condición humana del presidente de Estados Unidos. Sin embargo, la adjetivación poco ayuda a entender el fenómeno sociológico que encarna su persona. Si bien es un acto cargado de simbolismo catártico para desfogar nuestra frustración y reconfortar nuestro espíritu, impide entender la magnitud del problema para enfrentarlo y encontrar una solución, si es que la hay.

Hay muchos cabos sueltos que es preciso tejer para desentrañar el fenómeno Trump, que trasciende las fronteras de Estados Unidos y que se manifiesta con mayor o menor intensidad en Europa, América y Asia. Mencionaré tres: (1) el desafecto a la democracia, que exacerbó la globalización; (2) el mito del hombre providencial, una deriva de la ideología liberal, y (3) el desplazamiento de la razón y el predominio de los sentimientos como eje de la convivencia social: romanticismo y populismo, exacerbados por las redes sociales.

 

El desafecto a la democracia

La democracia representativa padece graves problemas en el mundo. Mencionaré dos: (1) la hegemonía de las élites en los órganos de representación, y (2) el desplazamiento de la toma de decisiones del ámbito nacional al internacional. En un grado importante, muchas de las democracias occidentales han sido degradadas por la influencia del dinero y de la ideología de libre mercado que olvidó que el papel de los gobiernos es el interés general, es decir, la provisión de bienes públicos. El predominio del dinero ha favorecido que las legislaturas generen leyes con un marcado sesgo a favor de los grandes intereses financieros, comerciales y manufactureros. Los antiguos temían que la democracia degenerara en oclocracia o sometimiento de las minorías por la muchedumbre. Pero la evidencia indica que ocurrió lo opuesto: la oligarquía impuso su interés particular en los asuntos de Estado, llevando a una especie de plutocracia o el predominio de los más ricos.

La última medición sobre el origen de la fortuna de los milmillonarios señala que una tercera parte del patrimonio de los superricos tiene su origen en la riqueza heredada, mientras que 43% está vinculada a relaciones clientelares, de manera que poco más de 20% de la riqueza se debe al trabajo duro y a la innovación (Oxfam, Una economía para el 99%, enero de 2017). Las relaciones clientelares son efecto de dos fenómenos: la corrupción y el sesgo legislativo para favorecer el interés de los más pudientes: he aquí una de las raíces que explican el desafecto del ciudadano de a pie con las democracias occidentales. Si la herencia y la cooptación clientelar (ya sea mediante la corrupción pura o el financiamiento de los partidos y políticos) son los principales componentes del estatus social, se refuerza la evidencia de que la cuna es destino. Cuando el esfuerzo individual (estudio y trabajo arduo) ya no es suficiente para escalar posiciones sociales, se desfonda el sentido de la meritocracia. Esto explica por qué el sueño americano se rompió y derivó en pesadilla de desamparo, violencia, drogadicción, degradación y furia para muchos estadounidenses.

La globalización financiera y de los procesos productivos también juega un papel capital en la disfuncionalidad de la democracia. Dani Rodrik (La paradoja de la globalización) y Joseph Stiglitz (El malestar de la globalización) han estudiado a profundidad este suceso. El poder del capital financiero —que no tiene patria y se desplaza en segundos de un mercado a otro (nótese: los países devinieron en mercados), hunde a economías nacionales, destruye ahorros y arruina vidas en instantes— es de tal magnitud que ningún Estado nación puede controlarlo. Se hace lo que deciden los centros financieros globales: Wall Street, Londres, Zúrich. A su vez, el desplazamiento de los procesos productivos de las grandes empresas para incrementar su rentabilidad hacia países de bajos salarios, aunado a la Revolución tecnológica, ha desolado a regiones y ciudades. Los valores que dominan en las sociedades modernas, aunque se pregonen los derechos humanos, son los de rentabilidad, productividad y ganancia. Son convenciones humanas, modos de organizar a la sociedad, en las que prima el interés pecuniario por encima de cualquier otro valor.

Esta forma de ver y entender el mundo (ideología, que deriva de una cosmogonía o relato mítico fundacional) tiene en jaque a las sociedades occidentales: la soberanía nacional, que recaía en el ciudadano, se traslada a los mercados financieros. Esto explica el desafecto y desencanto con la democracia, y también el desamparo, desconcierto y desasosiego en que viven las personas. Así llegamos a la Modernidad líquida que describió brillantemente Zygmunt Bauman. Cuando la globalización rompe los referentes sociales, todo se torna volátil. Pluralidad y diversidad, consustanciales al hombre, degeneran en dispersión e hiperindividualismo: cada cabeza es un mundo. La comunicación es una Babel, y los consensos básicos tienden a diluirse.

Este vaciamiento de los significados y significantes, y por ende del sentido de comunidad (con el consecuente desamparo que estos fenómenos acarrean porque los hombres sienten haber perdido los referentes, el control y sentido de sus vidas que les proporcionaba el ejercicio de la soberanía popular —democracia— en el Estado nación), es tierra fértil para el hombre providencial. No extraña la proliferación de los Trump. El mundo de las certezas de la razón da paso al de los sentidos. Cuando los sentimientos imperan, la razón y las bases de la convivencia social languidecen. Desfallece el espíritu de la Ilustración.

 

Una deriva ideológica liberal

 Ahora bien, ¿cómo surge el hombre providencial? En un ensayo cardinal, Los enemigos íntimos de la democracia, Tzvetan Todorov rastrea el origen del Prometeo moderno, el hombre que cuando recibe el secreto del fuego todo lo puede y es capaz de hacer el Paraíso en la Tierra. (El regalo del fuego de Dios al hombre le abre las puertas de la ciencia y la tecnología: la transformación de la materia en energía y la forja de metales, la cocina —la cocción de alimentos acelera la evolución del hombre y es pilar de la cultura—; en fin, el dominio del fuego lo acerca al rango divino: permite al hombre disponer de la vida de otros).

Todorov analiza las dos concepciones fundacionales del mundo occidental, la de San Agustín y la de Pelagio. Este último sostiene que el destino de los hombres está en sus manos, y es responsable de sus debilidades. Así, la relación de Dios con el hombre es directa, no subordinada: hay cierta igualación. San Agustín defiende que el hombre depende de la voluntad divina y que su salvación sólo es posible por la gracia de Dios, porque es una criatura caída que nació con el sino del pecado original (el mal es inherente a él), es un ser subordinado, una criatura finita y falible. La versión optimista y liberadora del hombre por voluntad propia (responsable del bien y del mal) contradice la visión pesimista del hombre de que es malvado y, por tanto, limitado, imperfecto y dependiente. Pelagio sostiene que el hombre no es malo per se: si fuera una criatura caída, malvada por naturaleza, toda esperanza de mejorarlo sería vana. Apoya su convicción en el Libro del Eclesiástico (15:14), que dice que Dios “creó al hombre y lo dejó liberado a su propio albedrío (‘a su propia inclinación’)”.

Y como la voluntad divina no conoce límites, la voluntad humana puede superar todos los obstáculos. La visión de Pelagio guía el ideal del protestantismo: Próspero, el superhombre, de raigambre romántica; mientras que la católica es paternalista, fatalista y de tintes pasivos. A la postre, fue relegada la cosmovisión católica, la de Agustín. La Ilustración se nutre del ideario de Pelagio (el hombre providencial) e inspira el pensamiento liberal y a las utopías totalitarias. Trump encarna a la perfección el ideal de ese hombre que no conoce límites. Un personaje forjado en el mundo por excelencia creador: el de los negocios. Un hombre imbuido por el espíritu protestante del capitalismo. En un ensayo sugerente, Pablo Gentili dice:

 

No creo que sea necesario leer demasiada literatura anticapitalista para descubrir que los atributos que definen la odiada personalidad del nuevo presidente norteamericano son, nada menos, que las principales características del sistema al que supuestamente él se opone: hiperconcentración de riquezas, egoísmo, cultura narcisista, sexismo, discriminación y violencia de género, racismo, guerras, opresión. No creo que haya cualquier disonancia entre la personalidad codiciosa y vehemente del millonario devenido en presidente y la enorme injusticia social, violencia y desigualdad que estructura y da sentido al desarrollo capitalista contemporáneo… El nuevo presidente norteamericano no contradice lo que ha sido un persistente endiosamiento de los hombres de negocios, de los millonarios que se supone que contribuyen a conducir los destinos del progreso humano... (El País, 22 de enero del 2017. Subrayado del autor).

 

¿De qué otra manera podría ser la personalidad del superhombre que prometió hacer grandioso otra vez a Estados Unidos?

Pero esta interpretación soslaya al menos una cosa: detrás de este prototipo estadounidense hay una ideología temeraria cuyo autor intelectual es Steve Bannon, autodefinido como un leninista que desea destruir al establishment. Su idea central es que Trump ponga de cabeza al sistema. Dice que el capitalismo de mediados del siglo xx distribuyó la riqueza entre la clase media y garantizó décadas de paz. Pero el fin de la Guerra Fría desembocó en una “crisis de nuestra fe, una crisis de Occidente, una crisis del capitalismo”: el problema de hoy es que el capitalismo es estatista —las grandes corporaciones son beneficiadas por el poder público— e hiperindividualista y materialista (Conferencia organizada en 2014 en El Vaticano por el Instituto de la Dignidad Humana).

El programa disruptivo es muy amplio e incluye destruir la corrupción monetaria causada por el abuso del papel moneda (fíat), mediante la reconversión del dólar en oro y plata. También ataca al corazón de la globalización, induciendo la reintegración de las cadenas productivas a Estados Unidos. Si el proyecto prospera depende de que avance la agenda proteccionista detrás del impuesto que se cocina al comercio intrafirma (bat). Sería un traspié al sistema financiero y monetario liderado por el dólar y para el orden mundial.

Antes, San Agustín y Pelagio fueron rivales, hoy sus pupilos se unen: el católico ultraconservador, Bannon, tiene como propósito destruir el mal, la corrupción del capitalismo, y Trump, el hijo de Prometeo, pretende restaurar, desde sus cenizas, el Paraíso en la Tierra: hacer grandioso otra vez a Estados Unidos. Es una mezcla explosiva.

 

Romanticismo y populismo

 Cuando los sentimientos priman sobre la razón, romanticismo y populismo se abren paso, explica Manuel Arias Maldonado en su espléndida obra titulada La democracia sentimental. La extendida creencia, en algunos casos bien fundada, de que la democracia y el hombre han sido capturados por fuerzas que la usan en detrimento del bien común reivindica a la política como fuerza creadora capaz de forjar nuevas realidades: “como si lograr determinados objetivos dependiera de querer lograrlos”, sostiene Arias. La idea de que la política no tiene límite y puede transformarlo todo (sin por ello negar el poder de cambio de la política) es una esperanza que prohíja el romanticismo, creador del hombre providencial y su voluntad de poder.

Sentimientos similares despierta el populismo, que puede definirse como el antagonismo entre el pueblo —siempre bueno, sabio e infalible— con una élite política u oligárquica usurpadora y perversa. Sus postulados son ideales abstractos como justicia, cambio social, prosperidad (hacer grandioso otra vez a Estados Unidos), a los que nadie se opone, pero tampoco dice cómo lograrlos. Es una doctrina que al anteponer el colectivo al individuo sacrifica la diversidad y la pluralidad. Esta vena colectivista del populismo es la más peligrosa, pues es la principal amenaza a la disidencia y a la libertad de expresión, como revelan las embestidas de Trump a la prensa liberal.

Romanticismo y populismo son el signo de los tiempos. Y Trump los encarna. Si alguna conclusión puede extraerse de estas ideas es que la adjetivación no sirve para entender lo que acontece en la sociedad estadounidense, mucho menos para elaborar un antídoto. Lo que parece claro es que estamos frente a un cambio de paradigma: el proteccionismo puede socavar el orden mundial de la posguerra, basado en la libre circulación de capitales y mercancías, y acelerar la declinación de la hegemonía estadounidense, debido a un plausible desplazamiento del dólar como moneda mundial. Para México el desafío trumpiano puede implicar una fuerte contracción económica, la pérdida del poder de los partidos tradicionales e inestabilidad social. Nuestro reto es fortalecer la democracia, apostar por ampliar la libertad individual y la política, así como abatir la desigualdad mediante mecanismos redistributivos, como la renta básica, y el desarrollo del mercado interno. EstePaís

 

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HÉCTOR BARRAGÁN VALENCIA es periodista y analista de temas políticos y económicos. Estudió Ciencias Políticas y realizó estudios de economía a nivel de maestría.

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