youtube pinterest twitter facebook

#InventarioDeGestos: Las excusas

Javier Raya | 12.04.2017
#InventarioDeGestos: Las excusas

Producir benevolencia en el otro. Menguar sus defensas, insertarse en su torrente discursivo como un virus, mediante el contagio de las palabras. Acercarse o dejar que el otro se acerque, sin que la aproximación se perciba —no de inmediato— como un ataque. El otro al otro lado del discurso. No el adversario —no todavía—, ni siquiera el mentado prójimo, sino algo intermedio entre el amigo y el enemigo, ni friend ni foe, con su intacto derecho de réplica a mano, con su turno al bate, con su posibilidad de incurrir —igual que uno— en el error.

 

La excusa se ofrece: se ofrenda. Unas pocas palabras trenzadas con ingenio a manera de disculpa, de compensación por los errores pasados, de acuerdo discursivo para restablecer el menguado crédito a la palabra. Echamos la disculpa por delante, a la vanguardia, como carnada u ofrecimiento, haciéndose pasar por exordio o captatio benevolentiae, unas salvas al aire para advertir de nuestra presencia, unos peones sacrificables para abrir la partida, para medir el agua.

 

Todos nos vemos precisados a ofrecerlas o recibirlas en un momento dado. ¿Cómo administramos la magnificencia prodigada a los que llegan tarde, a los que olvidaron un documento, a los que traspapelaron nuestro número de cuenta, a los que no nos han pagado en seis meses, a los que tal vez ya no nos pagarán nunca, a los que el perro se les enferma y la abuela no sale de terapia intensiva, a los que ofrecen un cuento corto para compensar la irresponsabilidad —la que no responde de sí—, a los que hacen responder al mundo en su lugar, a los que culpan al clima, a sus padres, al gobierno, de sus propias deficiencias?           

 

¿Pero qué se hace cuando se ofrece una excusa? ¿En qué se diferencia una excusa de una disculpa? ¿Por qué las explicaciones son un deporte nacional, una retórica de la burocracia, un prerrequisito para la ocupación de cargos públicos y para el ejercicio de cualquier ápice enano de poder? Sin duda se trata de una confusión arraigada: donde buscamos explicaciones (por ejemplo, de la participación del ejército en la tortura, violación, asesinato, desaparición forzada y otros crímenes desde hace no menos de 10 años, del origen de las fortunas de la clase política, de la relación inversamente proporcional entre las largas horas de trabajo y la disminución del poder adquisitivo de los trabajadores) se nos ofrecen excusas.

 

Enseñar a los niños a disculparse por sus fallos se considera una tarea que compete a los padres y maestros, porque al igual que el alfabeto y los nombres de los colores, los códigos de la administración pública del perdón deben configurarse en el alma a edad temprana. Aplicar este mecanismo de excusas y disculpas contribuye a la formación de un sujeto “responsable”, capaz de responder de sí, o bien de efectuar maniobras complicadas para evitarlo (“no existió intención lasciva” por parte de Diego Cruz Alonso durante el “tocamiento incidental” a Daphne Fernández, según el juez Anuar González Hemadi), el cual entiende perfectamente que existen consecuencias penales, económicas, morales o psíquicas al incurrir en ciertos actos, y que es regla general de la civilización que una ofensa sea corregida por quien ofende (o por quien la produce, pues la ofensa también opera dentro de un proceso de producción). No ofrecer excusas de ningún tipo coloca a quien rompe un acuerdo en posición de ser culpable. Pero no importa: se sabe que aquí todos somos culpables. La culpa es otro deporte nacional.

           

Pero las cosas no son tan simples.

 

Las excusas, las compensaciones, las disculpas, no funcionan dentro de una economía de trueque en el mercado moral, sino como un trámite de constante auto-rización para perpetuar la narrativa de la impunidad. No hay excusas para lo que nos han hecho, para lo que nos hacemos a nosotros mismos, y de lo cual, aparentemente, no se puede ni hablar. Debemos ofrecer disculpas frente a las limitaciones de nuestro entendimiento: lamento mucho tener que decirlo de esta forma, pero estamos rebasados de muertos. ¿Qué clase de respuesta —de responsabilidad— puede surgir de la administración de la muerte como política de gobierno?

 

Naturalmente, #yamecansé.

 

* Fotografía: Cuartoscuro

 

Más de este autor