youtube pinterest twitter facebook

Editorial

Alejandro González Ramírez | 01.05.2017
Editorial

Recuerdo claramente la sensación que se vivía en el país cuando Vicente Fox ganó las elecciones en el año 2000. Reinaba el optimismo y no era para menos: sacar al pri de la presidencia parecía imposible. Atrás quedaban los años de los asesinatos políticos, de las elecciones de Estado, de la democracia simulada; muy lejos quedaban ya los tiempos en que Jorge Ibargüengoitia escribía: “El domingo son las elecciones. ¡Qué emocionante! ¿Quién ganará?”.

Casi 17 años después, aquella euforia ha desaparecido por completo. De hecho, hay quienes piensan que nuestra transición democrática fue contraproducente. Ya habíamos experimentado muchas veces antes el mismo ciclo de ilusión y desilusión, y lo hemos vuelto a sufrir con el federalismo, con la idea de que el gasto público multiplicaría el crecimiento económico y con la vuelta del pri al poder “porque ellos sí saben cómo gobernar”.

Quizá deberíamos atender a lo que han dicho estudiosos como Francis Fukuyama, que subrayan los tres pilares básicos para que una nación prospere en democracia: el imperio de la ley, un Estado fuerte y eficiente, y transparencia y rendición de cuentas. Sin estos tres pilares, no puede levantarse una vida civil saludable y sostenible.

Nuestro Poliedro reúne tres artículos que revisan el estado de dichos pilares en nuestro país. El artículo de José Fernández Santillán advierte contra el peligro de que el Estado sea corroído por el narcotráfico. El de Stephen D. Morris, una esperada segunda parte, habla de la percepción de que el México de hoy —ya sea porque la idea de corrupción ha cambiado o porque hoy hay más transparencia— es mucho más corrupto que el del pasado. Y el de Alejandra Hernández y Arturo Piñero nos recuerda que es imprescindible corregir las fallas cotidianas en la procuración de justicia, que tanta infelicidad provocan en los hogares de este país.

Si no consolidamos estos tres pilares, cualquier nueva ilusión sobre nuestro futuro se convertirá inevitablemente en otra desilusión.

Más de este autor